Dossier Godard – Weekend

Dossier Godard - Weekend - c i n e m a r a m aWeekend (Francia – 1967)

Director: Jean-Luc Godard
Guión: Jean-Luc Godard
Intérpretes: Mireille Darc, Jean Yanne, Jean-Pierre Kalfon, Jean-Pierre Leáud

por David Obarrio

La imaginación de Godard ha dado muestras probadas de ser tan poderosa como su capacidad para plasmar sobre la pantalla todas las ideas que se le ocurren. Si cada película es una forma que danza, con toda seguridad Weekend es una de las que proporciona el espectáculo más raro y más intrigante, como una serpiente que se mueve al son de la flauta, indolente y peligrosa, o alguna criatura poco domesticable no del todo definida, que encuentra su consagración y su esplendor escandaloso delante de la cámara. Raro atractivo, por cierto: una radiografía de la burguesía, se podría decir con cierta comodidad. Las palabras fáciles surgen fácilmente. Pero Godard siempre nos aguarda con alguna sorpresa, acaso con la ambición secreta de complicarnos las cosas. La primera parte de la película –una especie de prólogo, de hecho –muestra un matrimonio que habla largamente dentro de una habitación. Entra poca luz por la ventana, una iridiscencia gris, que apenas sirve para airear el agobio que se siente en esa casa de planos cerrados, ciertamente incómodos, que Godard está decidido a no dejar escapar, como un perro de caza que otea con ferocidad el movimiento de una presa arrinconada. Después los títulos, en colores sobre la pantalla negra: termina el drama sentimental, la “radiografía” más o menos novelesca, un lugar común empalagoso convertido en una extraña pieza de caligrafía apretujada y palabras deslizadas con rabia contenida. Empieza otra cosa, la comedia, la liberación de las normas rígidas, el alivio del “weekend”: el hombre y la mujer suben al auto descapotable y en la marcha atrás chocan el auto estacionado del vecino. Salen los hijos con palos dispuestos a  vengarse del conductor desaprensivo; el hombre baja del auto y esgrime una raqueta que saca del baúl. Los niños avisan a su madre y todos se embarcan en correteos absurdos, gritos y susurros que acompañan los ejercicios ligeros pero también carnales de una sesión de slapstick, donde las leyes de la física se imponen en la mente y los cuerpos de los participantes, aunque se resistan. El matrimonio arranca el automóvil y sale bruscamente a la ruta. Fin de la primera parte, o la segunda. Viene entonces la locura, la promesa rota de la salida del fin de semana: un nuevo lugar común, que en manos de Godard se transforma en pesadilla, atascamiento, muerte en la ruta, una fila interminable de autos recorrida por un travelling lateral, igualmente interminable. ¿Cómo se filma el ridículo de esas vidas atascadas?, piensa tal vez Godard. Siguiendo cada gesto como si se tratara de otra clase de comedia, una pesada, empantanada, metida hasta el hueso en su propia insignificancia. Todos esos buenos burgueses que transpiran delante de cámara se dedican a matar el tiempo: juegan a las cartas, se tiran una pelota de auto a auto, hacen un picnic en la banquina. Quienes hayan leído el cuento de Cortázar La autopista del sur pueden temer lo peor. Pero por ese lado no hay de qué preocuparse, puesto que Godard ha renunciado desde el minuto uno a la crítica al universo burgués desde los tópicos de la sociología de izquierda. Lo que el director ofrece a cambio es un fragmento lunático en medio de ese paisaje de campiña que luce como un territorio arrasado, plagado de escenas grotescas que se suceden encadenadas mediante un tono común de desapego y distancia emocional. Al final del larguísimo travelling se ve el motivo del embotellamiento: un auto chocado, con sus ocupantes desparramados alrededor. La policía retrasaba todo y hacía avanzar menos que a paso de hombre. Sorteado ese obstáculo, sigue otra película (una más), que es siempre la misma con una entonación diferente, un cambio de estilo. La pareja se detiene a cargar nafta, pero no hay nadie; todo luce desolado. ¿Qué es Francia, esa fórmula terrible y vaga, una modulación de la voz apenas perceptible que recubre luchas olvidadas, rencores, fantasmas que se presentan a plena luz del día? Como un espiritista, Godard hace surgir rostros, retazos de sueños perdidos que reverberan en un presente demasiado pagado de su tranquilidad y suficiencia. No tiene respuestas sino gestos altivos, violentos, propios de un comediante que no espera nada de su público. Un grupo de obreros hace huelga y posa delante de cámara con la mirada fija. Un rostro negro se destaca del resto. La lucha de clases tiene también su parte teatral, pero hay que mostrarla, quizá con una enjundia redoblada. La revolución atraviesa el paisaje verde y gris con expresión festiva e inclemente montada en figuras que parecen salidas del siglo XVIII. Francia es una alucinación, una provincia donde tiembla el teatro de la historia. Con mirada impasible, Godard observa cómo incluso las sombras de esa historia amenazan con fundirse o con devorarse a sí mismas. El “weekend”, la cifra clave de una ensoñación burguesa, tiene una carga subversiva, su anverso oscuro y peligroso. La película recorre el campo de batalla y contempla el modo en el que la comedia languidece hasta dejar su lugar a un vacío cuyo nombre no acierta a pronunciarse.

Dossier Godard - Weekend - c i n e m a r a m a

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