Dossier Godard – Una mujer es una mujer (Une femme est un femme)

Una mujer es una mujer (Une femme est un femme) - c i n e m a r a m aUna mujer es una mujer (Une femme est un femme – Francia – 1961)

Dirección: Jean-Luc Godard
Guión: Jean-Luc Godard
Intérpretes: Anna Karina, Jean-Claude Brialy, Jean-Paul Belmondo

por David Obarrio

Una comedia musical interrumpida: Godard puede empezar como una comedia, amagar con el musical, regresar a la comedia, interrumpirla con música, volver sobre sus pasos, siempre siguiendo un camino de piedras dejadas a conciencia, sabiendo que cada movimiento hacia delante es una aventura acaso irresistible, un abismo cuyo ojo ciego nos observa para atraparnos. Uno de los efectos más perdurables de esta película es la sensación de que su capacidad de invención no se agota nunca, incluso cuando ya parece que nos hemos acostumbrado a saber que Godard lo inventa todo, que lo ha dicho todo o que, gracias a él, lo hemos visto prácticamente todo. Una mujer es una mujer, esta película hecha, por supuesto, en otro siglo (y en otro mundo), sigue siendo hermosa porque pertenece a ese lote de imágenes que son las que se adelantaron a casi todo, porque su poder de irradiación sobre nuestro mundo está lejos de haber decaído, porque su altivez y frescura están confeccionadas para durar miles de años más o morir en el intento. El aspecto lírico de las películas de Godard no siempre es estimado como se merece. Lo lírico en Godard no es necesariamente un golpe en el vacío –como cuando se habla de “un arrebato de lirismo”–, ni es, tampoco, una instancia de suspensión completa que embellece el relato mediante una operatoria destinada a detener la acción y a producir un momento de introspección anímica acerca de lo que en verdad estamos viendo. Una mujer es una mujer podría constituir, en ese sentido, una especie de lección: su costado lírico se diluye y esparce admirablemente en todas las escenas, más que nada porque de principio a fin la película es una suerte de dispensario de efectos constantes de belleza y reflexión, de esgrima implacable entre el distanciamiento cómico, la especulación contumaz acerca de las formas y la emoción genuina. Una mujer es una mujer significa el desembarco explosivo de Anna Karina y, al mismo tiempo, su consagración, de una vez y para siempre. La claridad de Godard para mostrar a una mujer en su esplendor y obtener un dejo triste en el mismo impulso es prodigiosa, como si en ningún momento se le escapara el carácter provisorio de todo el asunto, no ya el de la juventud (propia y ajena) sino del contrato amoroso: no hace falta decir que se trata de una película de enamorados. La anécdota es una miniatura: la mujer quiere tener desesperadamente un hijo; el marido no. Godard pergeña a partir de esa controversia que parece nimia una comedia de enredos deliciosa que incluye un triángulo amoroso y un maravilloso retrato femenino ejecutado en clave humorística. Pero no es ninguna novedad que Godard siempre será Godard, enamorado o no: cada escena de la película luce como un compendio asombroso de la ética del director, que es la de tomarse todas las libertades que se le ocurran (y se le ocurren muchas, puesto que su imaginación no deja nunca de funcionar). La música interrumpe abruptamente la acción, comentando el mood de lo que aparece dentro del plano o contradiciéndolo, a modo de pequeño credo en el que el cine moderno es el arte de hacer que las cosas choquen y se saquen chispas; el sonido de los diálogos desaparece por completo, o permanece apenas audible por debajo de la música; las escenas de exteriores (hermosas, porque otra obligación que se lleva a cabo con todo orgullo es la de mostrar las calles y su gente) se filman con sonido directo, o a veces sin sonido, convirtiendo la película en una verdadera fábrica acerca de los límites de la producción y de la imaginación para torcerlos a su favor. Una mujer es una mujer exhibe la convicción secreta de que debe usar todos los recursos a su alcance para decirlo todo, inventar un lenguaje que acompañe el mundo y trate de expresarlo, aunque sea en forma fatalmente incompleta: a pesar de sus planos coloridos, del uso de la música, del baile y del tono de ligereza deliberadamente agridulce –un conjunto de elementos que por momentos parece salido de una visión perversa de las producciones de la MGM– no es posible decir a ciencia cierta si la película es una comedia o una tragedia. Eso con gente como Godard nunca se sabe del todo.   

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