Me perdí hace una semana

Me perdí hace una semana - c i n e m a r a m aAño: 2012
Origen: Argentina
Dirección: Iván Fund
Guión: Iván Fund, Eduardo Crespo, Santiago Loza
Intérpretes: Eva Bianco, Juan Nanio, Yasmín Malanca, José María Espinosa
Edición: Lorena Moriconi
Música: Mauro Morelos, Juan Nanio
Fotografía: Iván Fund
Duración: 69 minutos

por David Obarrio

Un cine llamado a no concluir. Siempre en el cine que más importa nos perdemos en las imágenes. Perderse quiere decir habitar el plano, hacernos parte de él; no leer una historia –los denominados “contadores de historias” podrían ser la plaga más insospechada del cine actual– sino quedarnos parcialmente a oscuras con nuestras preguntas, mirando siempre, a mitad de camino entre la ilusión y el desaliento, sin saber nunca del todo cómo reaccionar. En Me perdí hace una semana el espectador afortunado se pierde, acompañado por esa cadencia tan característica de las películas de Fund, esa convicción forjada plano por plano, como un presentimiento o una segunda piel. En la película vemos unos cielos de atardecer flotando sobre Crespo, el pueblo de Fund; vemos ropa mal colgada (no tendida) sobre un alambre; vemos unos chicos que dejan de jugar cuando advierten el paso de la cámara y de pronto nos miran. También vemos las casas bajas, el paisaje gris en contraste con el rojo discreto, a un costado del plano, del sol que baja entre nubes en el horizonte. Tenemos una pareja de jóvenes en crisis y una película que falló, o no se pudo filmar, o fracasó en medio del rodaje. Una película imposible, e invisible, como aquella de la segunda parte de Hoy no tuve miedo. El director dispone la voz en off de los protagonistas para aludir a la historia de esa película, o a un intento de esa historia: fragmentos indóciles de relato cuya dignidad esencial consiste en no completarse nunca, en ser siempre una vacilación, incluso una negación.

Enseguida se advierte que Fund no inventa nada para agregar a su propio sistema, sino que se dedica a volver sobre él con la perseverancia de un maratonista, reacomodando piezas, contemplando la posibilidad de pequeñas variaciones, probando un punto de vista, observando y sopesando la necesidad de otro. Ocurre que en realidad ya inventó casi todo lo necesario: su cámara parece mirar todos los detalles contenidos en el plano con una transparencia clarividente pero, a la vez, cada segundo transcurrido nos recuerda que no sabemos qué va a pasar en el siguiente. Hay un efecto muy hermoso y muy logrado, en esta y en el resto de sus películas, que consiste en dejarnos atrapados en cada minucia de las brevísimas peripecias que se despliegan delante nuestro: ¿qué hará ahora ese perro que salta delante de la cámara?  Mirar un plano que se sostiene durante un tiempo que desafía nuestras expectativas significa que no se alude al tiempo sino que se está inmerso en el tiempo, tanto el del espectador como el de los personajes o el paisaje. Fund no trabaja sobre una idea de progresión, ni de intriga; no tiene una historia que contar sino un tono, una especie de emoción sostenida siempre contra todo obstáculo y todo cálculo. La principal insolencia del director, si se puede hablar de insolencia, es la de hacer un cine minoritario, poblar la pantalla de imágenes cuya única esperanza es la de sostener un cierto asombro, una cierta curiosidad, una cierta duda; incluso una cierta cualidad especular: acercarse a lo que no se sabe mediante una mirada no conclusiva, un discurso que tampoco sabe, que balbucea y vive siempre en peligro, a merced de una única convicción que es la de seguir en funcionamiento –seguir “hablando”– sin importar qué pase.

Como siempre, el aire conmovedor que atraviesa sus películas surge en buena parte de la gracia impasible con la que cada objeto o ser vivo (en su cine abundan los perros, por ejemplo) parece discurrir delante de cámara, esperando tal vez ser filmado. Pero lo mejor de todo –ese pequeño tesoro que se guarda y que es bueno recordar que se tiene– es que el cine de Fund no luce para nada trabajoso; sus imágenes son fluidas, la naturaleza de las escenas es estremecedoramente orgánica y legible, pero no renuncia nunca a una vocación por el misterio, por no cerrar nada, por no terminar, por no sacar nada en limpio. No es difícil ver que hay una especie de fatalismo en Me perdí hace una semana: las películas fracasan, no se concluyen, no terminan, no están llamadas a reconfortarnos sino a sumirnos en la incertidumbre. Nunca sabemos bien qué estamos viendo: una película, el ensayo de una película, un esbozo de historia, un borrador. Las películas de Fund son como la conciencia del cine después del cine, la puesta en escena de la imposibilidad de un relato y la obstinación melancólica con la que se registra esa imposibilidad.

Me perdí hace una semana - c i n e m a r a m a

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