Entrevista a Marcos López

Entrevista a Marcos López - c i n e m a r a m apor Micaela Gorojovsky y Florencia Wajsman

Desde la puerta de la casa-estudio de Marcos López se puede ver la luna llena. El artista nos indica a través del portero eléctrico con voz trémula: “Abran la puerta y asegúrense de cerrar bien”. Como en una película de terror, subimos casi a oscuras una escalera caracol —cruzando nuestras miradas de sorpresa como lo permitía la escasa iluminación— esperando encontrar al entrevistado. Pero no, a nuestro encuentro salieron dos perros tan grandes como lobos. Nos volvimos a mirar, esta vez con un poco más de nerviosismo. En la oscuridad del cuarto se empezó a recortar una figura que se nos aproximó, amigable e inofensiva al lado de los canes. “Hola, ¿prefieren mates o café?, pasen al estudio que los preparo y estoy con ustedes”.

¿Cómo aparece la idea de hacer una película que evoca la obra de otro artista?

Cuando uno se propone un hecho artístico, ya sea de artes plásticas, fotografía, pintura o cine nunca se da por una sola cosa. Yo quería hacer una película y necesitaba un tema, entonces, como siempre me resultó impensable la ficción, quizás terminó saliendo este documental. A pesar de que mis fotos son totalmente ficcionales, nunca se me hubiera ocurrido hacer un guion estrictamente de ficción. Lo que me pasaba era que me venían muchas imágenes: pueblos de Entre Ríos o de Corrientes donde hay muchas piletas de natación de plástico u hoteles alojamiento, el Cucú de Carlos Paz. Después las ideas surgen por oposición, por ejemplo, no quería hacer una película sobre el altiplano o el folklore de Salta que es como más solemne, me interesaba una cosa de lo guaraní, la Mesopotamia, el río… Yo escuchaba las canciones de Ramón Ayala porque me habían regalado un cassette, y me sonaba, tal vez de la infancia y, por otro lado, tenía una asignatura pendiente con el cine. Incluso estudié en la escuela de Cuba cuando se fundó, con Gabriel García Márquez. Recuerdo haber escrito un guión de ficción con él y un grupo de alumnos que se trataba sobre una psicoanalista argentina que se iba de vacaciones y se enamoraba de un maraquero. Eso está escrito en un libro que no sé donde andará, pero desde esa época, los ’80, nunca más pensé en el cine hasta que un día conseguí el teléfono de Ramón, lo llamé y le dije: “Señor, quiero hacer una película sobre usted”.

En lo que decís puede vislumbrarse una fascinación por el cruce cultural, y eso se puede encontrar no sólo en la película sino en toda tu obra.

Me interesa lo guaraní, la selva y la triple frontera como epicentro de América Latina en la aldea global. Si vas a Ciudad del Este es como si fueras a un Times Square más barato, porque está todo lleno de carteles Sony, de electrónicos. Siempre quise hacer un viaje por el río, navegando el Paraná contracorriente, más puntualmente desde Plaza Constitución que es un foco muy inspirador de mi obra por los cruces culturales que genera. Ahora menos porque está todo como embellecido, amarilleado. Pero en Constitución están las bailantas paraguayas, las peluquerías dominicanas, la comida peruana. A mí lo que me interesa es cierta textura de lo barato. Me he pasado años trabajando sobre eso, es como el tono con que suena mi instrumento expresivo. Para esta película yo sentía que se necesita de un juglar o un capitán de barco para llevarme a esa especie de road movie contracorriente. Tal vez Ramón fue una excusa para que yo haga una película… nunca me propuse hacerle un homenaje ni ser el redescubridor de nada, eso lo ponen ahora en las notas que dicen: “Marcos López redescubrió a Ramón Ayala”. Yo que sé, yo no siento haber redescubierto a nadie. Sí creo que mi manera de crear se basa en imágenes y las canciones de Ramón son las de un poeta muy visual, él canta dando imágenes de la selva, del rio. Entonces indudablemente fue un gesto intuitivo o energético acercarme a su figura. Creo que inconscientemente hay algo mío de espejo en él, porque siempre estoy investigando cómo es la vida de una persona que está todo el tiempo conectada con situaciones emocionales, que es un poco lo que yo hago en mi vida. Tal vez es una investigación sobre mí mismo finalmente, sobre el proceso creador. Nunca termino de entender completamente por qué me pasé cinco años atrás de este tipo.

¿Entonces tu proceso creativo es fundamentalmente intuitivo más que una ardua planificación? 

No, toda mi vida es intuitiva (risas). Todas mis ideas son intuitivas, el conocimiento qué se yo cuál es, viste. Escribí un guión porque en el Instituto de Cine se necesitaba uno para que te aprueben el proyecto, decía algo como: “Me tomo el tren Gran Capitán —un tren que va desde Chacarita a Posadas, que siempre se rompe—con Ramón Ayala viendo lo que pasa, y después vamos siguiendo ese mismo viaje en auto”. Finalmente nunca subí a ese tren, nunca pasó. Tengo horas filmadas de travellings de cataratas, tucanes y yaguaretés, de esos que pintan en los costados de los buses de larga distancia. Me iba con un taxista amigo a filmar por la Panamericana, pero después cuando se lo daba a la editora me daba cuenta de que eso en sí mismo no contaba nada. En la película fueron cambiando muchos editores por este modo de trabajo tan anárquico; no aguantaban y se iban. Lo que pasa es que a mí me cuesta mucho pensar una historia en términos de principio, nudo dramático, desarrollo y fin. Al principio no supe cuál era el conflicto, pero al ir editándola nos dimos cuenta de que Ramón había hecho grandes canciones del folklore argentino pero nadie lo conocía mucho, y no lo invitaban a Cosquín, por ejemplo. Entonces ahí me interesó entrevistar y hacer cantar a los principales referentes del folklore argentino como Juan Falú, Liliana Herrero, Tata Cedrón, Tonolec, otras voces que digan: “Señores, este tipo es un gran poeta”. Digamos que aprendí un poquito de cómo se hace cine en estos cuatro años de rodaje que me sirvieron para entender que una película no es una imagen de pop latino atrás de otra, que tiene que haber otras cosas. También entendí al terminarla, porque uno se da cuenta de lo que quiere con la película después de que la hace, que tiene que ver con la ilusión del hombre de la ciudad, como yo, que voy más Ezeiza que a la selva, viste, y a pesar de eso puedo hacer una película sobre ese lugar sin haber ido. En fin, creo que la película habla de la naturaleza en las canciones para poder seguir viviendo y soportar la vida urbana, para eso sirve la poesía, para trasladarse emocionalmente.

¿Qué otras lógicas encontraste en el cine que se diferencien del proceso de producción de la pintura y la fotografía?

Con esta película caí en cuenta sobre la cuestión colectiva del cine. Digamos que finalmente el cine es una experiencia de edición en conjunto. Es un tironeo de voces hasta que en un momento te dicen “mirá, la semana que viene hay que entregarla al Bafici y esto es lo que quedó de la película”. En cambio, cuando yo pinto o saco fotos trabajo solo. Me di cuenta de que no tengo paciencia para editar, le diría al editor: “Mirá, toma estas cincuenta horas, armá lo que te parezca y después me mostrás”. Así haría mi próxima película. Igual, no sé si voy a volver a filmar. Sinceramente me gustaría dedicarme a pintar, no salir más de mi casa, no ir más a Palermo (risas). Estoy sufriendo mucho el tránsito y la ciudad. Cada vez me interesa más la fe, me gustaría no hacer más nada y dedicarme a rezar y meditar. Vivo perturbado todo el tiempo porque pienso que el mundo es injusto; vas a Puerto Madero y ves una ciudad medieval que es una caricatura, parece una escenografía, y al mismo tiempo ves gente revolviendo la basura de los restaurantes de ese lugar, y después, a cinco minutos tenés la Villa 31 con ese crecimiento orgánico sin igual… Siempre estoy cuestionándome estas cosas, me siento angustiado con la vida urbana, el periodismo y la publicidad que te dice “tome cerveza y sea feliz” ¡Mentira!

Pensando en la lógica del mercado artístico, ¿qué postura tomás en relación con el reconocimiento? ¿Afecta de alguna forma tu producción?

Para mí el arte tiene varias cosas. Por un lado es una necesidad vital que calma mis perros hambrientos internos y mi angustia existencial. A través de mi obra me calmo y le encuentro una razón a mi existencia. Si lo filmo a Ramón Ayala recitando un poema, eso ya justifica vivir en este mundo. Que, por otra parte, me parece más interesante que decir “tome cerveza y sea feliz”, o que me paguen para hacer una publicidad de cerveza en la que diga “tome cerveza y tenga amigos”. A veces a los alumnos les digo: “Señores, el mundo no necesita más fotógrafos ni diseñadores gráficos ni cineastas, dedíquense a estudiar cómo salvar el riachuelo, cómo hacer que la clase política sea más ética, ocúpense del calentamiento global, del urbanismo”. Ya no sé si se necesitan más comunicadores, me parece que hay mucho, pero ese ya es otro tema. El mundo del arte es igual al mundo de la moda y de la publicidad, entonces no me lo creo demasiado: gracias a él me gano la vida, pago las cuentas, le pongo nafta al auto y punto. Pero a la vez, hay que reconocer que todos los artistas somos como un niño que necesita que lo celebren todo el tiempo, por eso es que es un poco horrible esta profesión, porque va de la mano de una sentimiento totalmente inmaduro. Estás necesitando que te celebren todo el tiempo, pero es como un barril sin fondo porque uno siempre quiere más y más.

Una crónica que escribiste sobre la Bienal de Venecia da cuenta un poco de ese aspecto frívolo del arte.

Sí, porque el millonario Roman Abramovich estacionó su crucero en la Bienal, un gesto que es una ostentación de poder en sí mismo. Es como si estuviera diciendo: “Yo estaciono el barco en la puerta y hago que todo gire en torno a mí”. Puso 20 guardias y seguramente habrá dicho bueno, ahora quiero que inviten a artistas a tomar un cóctel para entretenerme. Personalmente siento que esta anécdota pinta a la perfección a lo que ha llegado el mundo del arte. Lo mismo me pasa con la muestra de Mario Testino en el MALBA, que haya cola para verla, qué se yo, ¿qué tiene para decir esa frivolidad obscena? Me parece que el mundo es estúpido en general, que estamos todos como hipnotizados con estupideces. En ese sentido, cuando yo me detengo a escuchar un poema que dice “algo se mueve en el fondo del Chaco boreal” veo cómo una persona se ha dedicado a observar la luz más profunda de la existencia y siento que hay algo que aún vale la pena. Por eso me interesa cruzar las disciplinas, experimentar. Del mismo modo que yo pinto sin saber pintar porque nunca estudié pintura pero lo hago igual porque me gusta; ahí hay una valentía en asumir el error. Por ejemplo, ahora tengo ganas de ir a filmar unas cataratas falsas que hay en la 9 de Julio que son como ridículas, entonces digo, a través de ese absurdo a lo mejor se me revela una verdad. Qué se yo, voy buscando por un camino parabólico, un tiro por elevación. A lo mejor encuentro unos enamorados dándose un beso.

Entrevista a Marcos López - c i n e m a r a m a

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