La gran noticia (Les grandes ondes)

La gran noticia (Les grandes ondes) - c i n e m a r a m aAño: 2013
Origen: Francia, Suiza, Portugal
Dirección: Lionel Baier
Guión: Lionel Baier, Julien Bouissoux
Intérpretes: Valérie Donzelli, Michel Vuillermoz, Patrick Lapp, Francisco Belard
Fotografía: Patrick Lindenmaier
Edición: Pauline Gaillard
Música: Georges Gershwin
Duración: 84 minutos

por Diego Maté

A golpe de vista no parece pero Les grandes ondes es dueña de un credo riguroso que no abandona en ningún momento: dar cuenta de la Historia jugando con los géneros y la estética de los 70, siempre buscando el detalle cómico o incluso ridículo justo ahí donde otra película pondría un monólogo solemne o una secuencia con cámara lenta y música clásica. En cambio, Lionel Baier, para acompañar las peripecias de sus protagonistas, opta por la gracia de Gershwin y por una inocencia milimetrada que observa el mundo con una candidez pocas veces vista, y lo hace menos por ignorancia que por un acto de fe: en el cine, en la gente. Les grandes ondes narra el viaje de Julie (Valéri Donzelli, de Declaración de guerra), Joseph y Bob, enviados por una estación de radio suiza a Portugal para obtener una serie de notas sobre la tarea benefactora del país helvético. Julie es una feminista de micrófonos tomar que, para vergüenza de la causa, se acuesta a escondidas con su jefe casado, tiene un programa de barricada; “Ágora de mujeres”, junto a varios otros, termina dándole a la radio un perfil comprometido que desde la dirección tratan de encauzar hacia una propuesta pasatista, bien lejos de la agitación política y social de 1974. Joseph es un periodista veterano que tuvo su gloria hace algunos años y que ahora pocos recuerdan, un galán empedernido que sufre una gradual pérdida de memoria. Los dos serán secundados por Bob, el técnico y conductor. Todo empieza cuando el jefe le comunica a Julie que tiene que viajar a Portugal para recoger testimonios que den cuenta de la enorme generosidad suiza con países “menos desarrollados” que ellos.

Baier toma el conflicto al que se ven sometidos sus personajes y lo vuelve el nudo de su película. Como ellos, que deben informar en un tono amable y divertido hechos trascendentes, el director podría estar preguntándose: ¿cómo filmar la efervescencia política de los 70 sin hacer otra denuncia grandilocuente que venga a engrosar el catálogo del cine mal llamado político? ¿No se podrá, en cambio, hablar de la época desde algunos puntos estratégicos de la historia del cine, como la screwball comedy, la buddy movie o el musical, y enhebrarlos todos mediante una puesta en escena amigable y colorida, que se engolosine con tonos pastel antes que con las paletas apagadas y grises de las películas “políticas”? El experimento puede recordarnos enseguida a Mujeres al poder de François Ozon, pero el camino que toma Baier es muy distinto, porque el cancherismo de Mujeres… solo reflejaba la autoconsciencia exacerbada de una película que jamás se tomaba en serio a sí misma, mientras que La gran noticia, en cambio, trabaja activamente para hacer de ese mundo irreal y exageradamente cálido un lugar creíble cuya lógica toma prestada solo lejanamente la de los hechos reales. En ese sentido, la operación es exactamente opuesta a la burla de Ozon, porque lo de Baier se parece más a un proyecto antropológico: al igual que sus personajes, que viajan a Portugal para conocer la vida de sus habitantes, la película lo hace al interior de su propio mundo con la intención de descubrir ahí algo más que una simple parodia de las comedias de la época, quizás con la esperanza de encontrar una humanidad y unos ideales que, como si el cuenta kilómetros del cine se hubiera dado vuelta y comenzado de cero, ya solo fuera posible hallar en películas que adopten la ingenuidad como principal instrumento de conocimiento.

Resulta que, en casi todos sus libros, Jacques Rancière dice lo mismo: el cine político no puede ser solo una reflexión en voz alta que haga de los oprimidos siempre un puñado de víctimas incapaces de cualquier otra acción que la de escenificar eternamente su propio sometimiento. Eso, reducir a las personas a un mero estatuto de víctima en detrimento de la infinidad de otros atributos posibles, empobrece notablemente la visión del mundo de una obra y, en cierta forma, la convierte en cómplice de lo que cuestiona, como si fuera una repetidora de un discurso oficial que quiere a los oprimidos fijados en su sitio. La filosofía y el cine no siempre se llevan bien, pero esta idea de Rancière puede utilizarse sin problemas para recorrer y dividir la historia del cine en una u otra tendencia; la denunciada por el francés claramente es la más nutrida, pero de vez en cuando irrumpe alguna película que viene a recordarnos lo que pudo haber sido un cine verdaderamente político. Quizás sin tener todo esto en mente, La gran noticia cumple en parte ese papel. Se nota menos durante la primera mitad, en la que el guión se reconcentra en el trío y se interesa solo por la tensión entre Julie y Joseph y donde el centro de todo pareciera ser el trabajo con los géneros, en especial con la comedia liviana de los 70: los personajes son más o menos unidimensionales, tienen objetivos y antagonistas claros, y el viaje por Portugal toma predeciblemente la forma de un recorrido personal en el que cada uno ajusta cuentas consigo mismo y con sus fantasmas.

Después de varios intentos, nuestros héroes descubren que es casi imposible cumplir con el trabajo sucio encomendado por los directivos de la cadena: cuando van a una escuela agraciada por la beneficencia suiza, encuentran que las donaciones de su país se resumen en ¡un reloj! (que está colgado seriamente en la puerta de entrada); en una fábrica, un patrón elogia la ayuda suiza mientras explica lo importante que es para Portugal copiar su orden y disciplina, meta casi inalcanzable por culpa de “estos negros”, dice el hombre refiriéndose a sus empleados cuasi esclavos mientras insulta y maltrata a uno frente a los periodistas. En fin, que los protagonistas se topan con que la tan mentada asistencia económica de su país a los portugueses es una farsa, cuando directamente no va a financiar emprendimientos inhumanos. Es entonces que el grupo (al que se suma un joven portugués en calidad de traductor) decide ir en contra de las órdenes y empieza a ver qué ocurre alrededor suyo.

Para Baier, la revolución (puede ser el golpe de estado que derrocó a la dictadura salazarista en Portugal o cualquier otra) debe filmarse como si fuera algo desconocido que va a contarse por primera vez: hay que olvidar tanto la solemnidad como el verosímil, la enseñanza moral como la búsqueda de brutalidad, y empezar de nuevo; a fin de cuentas, más allá de las ideologías, una revolución se trata de eso, de poner en cero los relojes, de dar inicio a un nuevo calendario. ¿Cómo hace el cine para olvidarse ya no de la Historia con mayúsculas sino de la suya propia y poder así acercarse sin vicios ni automatismos a un hecho político de gran envergadura? Una salida posible, parece decir Baier, es huir de la ilusión del realismo; entonces, una película puede contar una revolución a través de los estereotipos más gastados y simples, como la imagen de una chica colocándole una flor en el fusil a un soldado sublevado, o una pareja dándose un beso apasionado en la plaza pública después de haber derrocado al tirano de turno. Todavía más: la persecución de una mujer por la policía secreta puede llegar a resolverse con un número de baile, rompiendo así cualquier posible vínculo con el verosímil habitual del cine político (no es casual que Joseph, el periodista viajero y experimentado, sufra de una pérdida de memoria cada vez más notoria: es como si la película misma quisiera olvidarse de los preceptos y costumbres del cine histórico).

En esa misma línea, Les grandes ondes cuenta las horas siguientes al golpe como una celebración donde se cruzan un poco a lo tumbos la libertad sexual del hippismo con las reivindicaciones feministas: lo que importa es que casi todos cogen, y que la película (inocente, cándida, de colores pastel) no escatima cuerpos desnudos ni planos de tetas, culos o pijas, y lo hace sin buscar ninguna clase de impacto o de efecto erótico, con una monumental falta de cálculo, bien en sintonía con la mirada ingenua que, de nuevo, trata de mirar el mundo como si fuera la primera vez, aunque lo haga a través del cristal de los estereotipos más conocidos. Si algún lugar común postula que, ni bien está hecha la revolución, los resistentes (todos jóvenes bañados en el romanticismo de los ideales que defienden) celebran con una orgía fraternal, Les grandes ondes filmará exactamente eso, y demostrará que la esperanza no siempre está del lado de los hechos sino también de cómo se los filma: si con las falsas certezas del peor cine político o con la humildad de una película que no sabe con seguridad qué va a buscar y que, por eso mismo, puede encontrar todo.

Nota publicada en la revista Haciendo Cine

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