Los dueños

Los dueños - c i n e m a r a m aAño: 2013
Origen: Argentina
Dirección: Agustín Toscano, Ezequiel Radusky
Guión: Agustín Toscano, Ezequiel Radusky
Intérpretes: Rosario Blefari, Germán De Silva, Sergio Prina, Cynthia Avellaneda
Edición: Pablo Barbieri
Fotografía: Gustavo Biazzi
Duración: 95 minutos

por Diego Maté

Uno lee la sinopsis de Los dueños y piensa: otra película sobre clases sociales en pugna; otra película que va a pasar revista a las bondades y miserias de uno y otro grupo social buscando alguna suerte de reconciliación o de zona de diálogo (por ejemplo, que dos personajes pertenecientes a distintas clases tengan una relación); otra película que, seguramente, sugiera (o peor, que diga abiertamente) que los jefes son poderosos y mezquinos con sus subalternos y que la sociedad está como está por culpa de esa desigualdad. Pero no, por suerte la de Ezequiel Radusky y Agustín Toscano es una película distinta que, incluso contando con los materiales ideales para convertirse en alguno de esos esperpentos descritos arriba, elige un camino diametralmente opuesto, como si estuviera esquivando voluntariamente esos lugares comunes. En cierta medida, Los dueños es una especie de reseteo: pareciera que los directores quisieran olvidarse para siempre del cine que viene pensando la sociedad de la misma manera cómoda y automática desde hace décadas, donde todo ocupa un lugar preciso (aquí el explotador, allá la víctima, más acá el nexo difuso entre los dos) y cumple con la tarea de explicarnos bien claro cómo es que funciona el mundo.

En cambio, Los dueños no explica nada, justamente porque los realizadores no están muy seguros de qué es lo que ocurre en el universo de su película o, en todo caso, por qué ocurre, y evidentemente se muestran en contra de agotar la densidad de los hechos con cualquier interpretación de corte sociológico, psicológico, etc. De igual forma habrá de concebirse el espacio y la propiedad de las cosas: la casa principal, que los peones ocupan a escondidas cuando los dueños no están, podrá ser legalmente de unos pero en la práctica también les pertenece a los otros, que son los que la habitan y disfrutan (allí comen, duermen, hacen fiestas, ven películas, cogen) una buena parte del tiempo. Pero Los dueños no es una apología de la toma de casas ni nada parecido: los ocupantes se van rotando, cediéndole el espacio al otro (aunque los propietarios lo hagan sin saberlo); los peones nunca aspiran a quedarse con la propiedad ni cuentan con un discurso que los ampare, solo quieren ir a hacer uso de sus comodidades y ya. En ese deseo simple, infantil y por momentos hasta ridículo (el riesgo de ser atrapados es demasiado grande) se cifra la empresa de retratar el campo argentino como un territorio de conflictos opacos, infinitamente más complejo y misterioso que las postales rurales a las que nos acostumbró el cine local.

No es raro, entonces, que Los dueños sea una película que entra por los ojos, frente a muchas otras que pretenden hacerlo a través de los temas: antes que un comentario social, lo que el espectador puede llevarse de la sala es una serie de planos que disimulan su virtuosismo para no sobrecargar la escena y dejar que las estrellas sigan siendo los protagonistas. Puede verse cuando la cámara sigue a un personaje y reencuadra  varias veces sobre otros hasta que todos se juntan, como si la intensidad del encuentro pidiera que la acción se muestre sin cortes (como ocurre en el momento en que Alicia presenta a Pía y Sergio) o cuando al comienzo los directores miran muy de cerca a los peones (padre, madre e hijo) despertándose a las corridas y escapando de la casa mientras tratan de cubrir sus huellas; ese dinamismo depende en buena medida de los planos cerrados que se mueven poco y que son desbordados por la agitación de los personajes. Lo mismo vale para la fotografía, que le da a la película un toque visual dinstintivo sin por eso distraer la mirada de lo que ocurre adentro del cuadro: se nota particularmente en el desayuno, donde la luz, fuerte pero no cegadora, entra y pega sobre los actores de una manera notable (el conjunto hace acordar a una de las escenas cotidianas de Vermeer).

Parece ser que la gente se rió bastante durante la proyección en Cannes, pero los chistes de Los dueños son muy pocos y es válido suponer que la risa sea fruto de una incomodidad frente a la ambigüedad de la película antes que una verdadera búsqueda humorística. Los dueños no delimita qué es comedia y qué no, no produce gags, y la ausencia de música en off es otro de los elementos que contribuye a la distancia emotiva que toma la película respecto de su historia: nada es, en principio, ni cómico ni dramático, pero tampoco alegre ni triste, o por lo menos la película se abstiene de señalar cómo leer cada una de sus partes. Por eso es que, en relación con los caracteres, tampoco hay vicios que se contrapesen con alguna especie de virtud o de hábito positivo, sino distintas estrategias que los personajes ensayan para pasar el tiempo lo mejor que se pueda. Se nota en la escena en que Pía, el gran personaje de Rosario Bléfari, frustrada y aburrida, toma whiskey, improvisa unas notas en el teclado y se pasea desnuda por la casa. Lo que ocurre en Los dueños es que, como en todas partes, el deseo circula de manera irregular y no siempre es correspondido.

Esta nota fue publicada en la revista Haciendo Cine

Los dueños - c i n e m a r a m a

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