BAFICI 2014 – El diálogo

BAFICI 2014 - El diálogo - c i n e m a r a m aEl diálogo (Argentina – 2014)

Dirección: Pablo Racioppi, Carolina Azzi
Guión: Pablo Racioppi, Carolina Azzi

por Diego Maté

La segunda película de Pablo Racioppi y Carolina Azzi tiene una premisa simple y hasta amable: dos personas conversan, recuerdan, se lamentan por el pasado del país y por cómo ese pasado es pensado desde un presente en decadencia. Es cierto que los dos entrevistados casi no discuten, que acuerdan y comparten opiniones sobre la mayoría de los temas (de hecho, fue ese acuerdo construido a la distancia, a base de mails, el que hizo posible el documental), pero un diálogo no implica necesariamente el confrontar posturas enfrentadas, sino que también contempla una puesta en común donde las ideas convivan de manera más o menos armónica y respetuosa (la aclaración no está de más cuando se vive en un clima de agresión discursiva permanente emanada desde el oficialismo hace más de una década, y que sus seguidores avalan con eslóganes del tipo “la política es conflicto”). Graciela Fernández Meijide y Héctor Ricardo Leis, entonces, dialogan en Florianópolis (donde reside él) y llegan a puntos de acuerdo sobre muchos temas, pero lo más importante de todo, más que las simpatías o los recelos que uno pueda sentir por los dos, es la argumentación lúcida y coherente que demuestran a lo largo de toda la película. Siguiendo lo dicho por cada uno, se puede trazar un mapa ético que sirve para desmontar los presupuestos y las mentiras de nuestro tiempo. El momento más contundente seguramente sea la cuestión de la violencia que ninguno de los dos está dispuesto a tolerar (Leis, a pesar de haber podido ejercerla, se presenta como arrepentido de sus acciones) sin importar el bando que la ejecute ni los motivos que esgrima para justificarla: la escalada de atentados, secuestros y asesinatos realizados por la guerrilla desde el 70 en adelante es para ellos inexcusable, y más todavía cuando el accionar de grupos como Montoneros y ERP se extendió hasta el gobierno democrático surgido en el 73. Lo de Meijide y Leis es incontestable: un país no puede construir una memoria tan sesgada como para condenar eternamente unos crímenes (los hechos aberrantes perpetrados por la dictadura) y negar sistemáticamente otros como los cometidos por los militantes de la lucha armada; en este sentido, en la escena en que los dos escuchan el discurso pacificador de Pepe Mujica, en el que llama a no legar odio a las generaciones futuras, parece abrirse un modelo de memoria alternativo que en la Argentina cuesta imaginar. Por eso, el basamento de la autocrítica de Leis se funda en la fascinación por la violencia que alcanzó a una buena parte de la sociedad durante esos años; fascinación que pareciera haber encontrado razones muy distintas para legitimarse a sí misma desde ambos lados; de uno, según el grupo armado y el momento histórico del que se hable: la instauración de un “socialismo nacional”, el retorno de Perón o la derrota del ejército; de otro, disciplinar a los sectores más extremistas de la guerrilla, terminar con la violencia imperante o la “aniquilación” de la subversión. A la distancia, estas “razones” suenan todas igualmente ridículas, irresponsables y carentes de sustento ético, pero la hipótesis de Leis acerca de la intoxicación que provocaba la violencia y el acto de ejercerla suena bastante más acertada que todas las que suelen escucharse cuando se trata de exculpar la tarea de los grupos armados.

La película propone un reparto de roles más o menos claros: Leis es el argumentador arriesgado, de gran proyección, el que con una sola idea hace temblar el estado de cosas de la discusión política de los últimos veinte años; la posición de Meijide, en cambio, es menos arriesgada que firme, menos original que coherente, y por eso su figura ocupa el lugar de la institucionalidad; ella es la humanista que solo pudo haber llegado a esa serenidad ideológica tras haber atravesado el más salvaje de los odios (cuenta que durante mucho tiempo, para poder dormirse, imaginaba que le disparaba un tiro en la cabeza a Massera, Videla y Agosti). Uno de los momentos iluminadores a cargo de Leis consiste en la puesta en evidencia de la doble vara con la que la Argentina mide su historia. Leis postula que hay que diferenciar el accionar de las bases del de las cúpulas, y que en nuestro país el carácter selectivo e incompleto de la memoria se exhibe brutalmente en la manera en que se transfiere la responsabilidad de unas a otras: en el caso de los grupos armados, teniendo en mente que muchos de sus integrantes eran jóvenes empujados por sus jefes a llevar una guerra imposible hasta las últimas consecuencias (en muchos casos, obligados a una muerte innecesaria), la operación posterior de victimización consistió en trasladar la inocencia de las bases hacia las cúpulas (así, muchos jefes serían indultados a pesar de haberse probado su participación en secuestros y asesinatos); en cambio, en el caso de los militares habría sido justo al revés: la culpabilidad absoluta de los altos mandos habría pasado directamente a las jerarquías más bajas, es decir, que habría alcanzado a responsabilizar hasta el último de los soldados. La claridad de la explicación de Leis pone al descubierto, en apenas unos pocos minutos de película, una de las falacias más flagrantes que constituyen la doxa política actual.

Mientras Leis prosigue en la denuncia del comportamiento fríamente calculador de la conducción de Montoneros, que incluye el haber orquestado la empresa enloquecida de la contraofensiva enviando al país a morir a militantes con el único fin de conseguir que el movimiento mantuviera una cierta presencia en la escena nacional (mientras la conducción se mantenía segura en el exterior), Meijide le pregunta, trayendo esa crítica a la actualidad, quién es el que se beneficiaría con la tergiversación de ese pasado trágico y nada heroico. La respuesta de los dos es unánime: el poder.

El diálogo es una película rarísima en el sentido de infrecuente, si no única, dentro del panorama del documental político argentino. No es solo la claridad con la que los entrevistados exponen sus puntos de vista sino la forma inédita (al menos dentro del cine) en la que proponen revisar el pasado y dejar a la vista su utilización mezquina, y cómo esa utilización se apoya en una serie de engaños y verdades a medias. Uno puede no acordar con la película; El diálogo, a diferencia de la propaganda, no obliga al acuerdo, no concibe un mundo dividido en héroes y villanos, no tiene una retórica inflamada y confrontativa (de hecho, uno de los mayores méritos de la película es el estar construida alrededor de la racionalidad de la palabra y no del montaje audiovisual que trata de alimentar pasiones de manera irreflexiva y de convencer a través del impacto, y que desde hace tiempo viene siendo la herramienta privilegiada de la propaganda oficial televisiva). Se puede estar en desacuerdo, entonces, pero lo que no puede hacerse, a menos que el espectador haya sido desarmado argumentalmente y no le quede otra alternativa que tratar de embarrar al adversario a cualquier precio, es decir que la película esgrime la tan popular como agotada “teoría de los dos demonios” (algún día habrá que revisar ese concepto, ya convertido en lugar común); que tiene una postura de derecha: nada más lejos que eso, Leis es un guerrillero arrepentido y Meijide la madre de un hijo desaparecido que clamó por justicia y no por venganza, es decir, un ejemplo de civismo (el que crea que la visión de la película es “de derecha” directamente no entendió nada); que la invalida el hecho de haber recibido elogios por representantes del PRO como Laura Alonso y por haber sido financiada en parte por el Gobierno de la Ciudad; eso sería incurrir en otra falacia, ahora de tipo ad-hominem, ya que la película no tiene ninguna línea discursiva que la vincule de manera evidente con el programa político del PRO (por otra parte, el mismo argumento podría usarse para descalificar por oficialista a cualquier película realizada con fondos del INCAA).

En realidad, el horizonte ideal de la película podría ser, paradójicamente, el fin de su propia rareza, que en el futuro haya muchas El diálogo que ayuden a pensar la historia de un país desde lugares múltiples, inconformistas, de tensión con el poder de turno y con el discurso dominante; un futuro en el que cine sea un instrumento de disenso y no de adoctrinamiento, uno entre muchos otros, y en el que los documentales como El diálogo no representen ya una feliz excepción.

BAFICI 2014 - El diálogo - c i n e m a r a m a

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