BAFICI 2014 – Que ta joie demeure

BAFICI 2014 - Que ta joie demeure - c i n e m a r a m aQue ta joie demeure (Canadá – 2014)

Dirección: Denis Côté
Guión: Denis Côté
Intérpretes: Guillaume Tremblay, Émilie Sigouin, Hamidou Savadogo, Ted Pluviose

por Diego Maté

Donde una película del montón solo alcanzaría a ver alienación y el terreno fértil para una denuncia, Que ta joie demeure encuentra asombro. La nueva película de Denis Côté va a las fábricas para observar la simbiosis entre hombre y máquina y halla un mundo de formas, colores y ritmos que atrapan el ojo y de alguna manera pasan a integrar una suerte de relato industrial del presente. Pero el director se detiene en cada mecanismo solo el tiempo necesario: Que ta Joie demeure no es un documental sobre los modos de producción modernos sino el intento de capturar una poesía hecha de engranajes, metales y velocidades cambiantes; por eso es que la película no se esfuerza por explicar nada de los procesos y técnicas que muestra: todo lo que hay que saber está ahí, en la imagen, listo para ser visto y escuchado, no necesitamos nada más. En su recorrido, la película se fija tanto en las máquinas como en la gente que las opera: los gestos automáticos y repetitivos de algunos empleados se alternan con la toma de medidas y la calma de otros; al igual que los distintos artefactos mostrados por la cámara, los obreros también poseen tics y ritmos propios (que muchas veces varían según la máquina que controlen, como si ellos mismos fueran una especie de metonimia de algún aparato). De a poco, la película se abre cada vez más y comienza a observar a los trabajadores en mameluco durante sus momentos de descanso o en el almuerzo: el ruido de mucha gente reunida en un mismo comedor es contrapuesto con un diálogo en el que un obrero le cuenta a otro que le gusta su trabajo, que está contento con la máquina que tiene a su cargo desde hace años, y hace hincapié en el acople que logran, en términos de sincronicidad, uno y otro. A medida que la película avanza, la figura humana se constituye cada vez más en el centro sobre el que gravita todo lo otro: así, pasa a ser muy frecuente ver a operarios hablando de cualquier cosa (uno incluso parece hacerle un chascarrillo a otro -un marroquí- acerca de un posible romance entre el príncipe Carlos y Hassan, el joven rey de Marruecos).

Después de la primera media hora es fácil notar que para el director el mundo del trabajo no se parece en nada al espacio asfixiante, impersonal y embrutecedor que suele pintar el cine. Aquí no hay nada que asemeje a ese capitalismo salvaje, depredador de los cuerpos y las mentes de la clase obrera que suele ser el objeto de denuncia de tantas películas que se precian de tener algo así como un “contenido”. En cambio, Que ta joie demeure opta por indagar la textura de ese universo industrial, cómo es la trama conformada por hombres y máquinas que entablan una extraña simbiosis para conseguir proezas como transformar el metal en otro material distinto. Para enrarecer todavía más la propuesta, sobre el final el espacio de las fábricas es invadido por actores que hacen de trabajadores y que hablan de manera impostada, como evidenciando su carácter ficcional: ahí Côté rechaza una vez más el naturalismo y, como si la película misma fuera alguna clase de objeto fabricado, elige hacer un cine atento a su propio proceso productivo.

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