Sobre Phillip Seymour Hoffman

Sobre Phillip Seymour Hoffman - C I N E M A R A M A

por Julián Tonelli

Philip Seymour Hoffman no se destacaba por entregar actuaciones épicas, no era uno de esos intérpretes bigger than life. Su atractivo pasaba por otro lado, más específicamente, por ese porte inestable, de gran intensidad, que caracterizaba a sus personajes. Un porte sin duda americano, aunque mucho más cercano al estilo minucioso de Nueva York que a los artificios hollywoodenses. Hoffman descubrió el teatro a los doce años, al asistir a una puesta local de Todos eran mis hijos cerca de su casa en Rochester: “Fue como un milagro para mí. Pero ese tipo de amor profundo tiene su precio: para mí, actuar es tortuoso, y es tortuoso porque sabés que es una cosa hermosa. Yo fui joven una vez, y dije: “Eso es hermoso y lo quiero. Querer es fácil, pero tratar de ser grandioso… bueno, eso es absolutamente tortuoso”.

Una frase de Mike Nichols sintetiza a la perfección la versatilidad del actor: “Cuando ves trabajar a Phil, su cuerpo entero parece cambiar. Puede que luzca como Phil, pero hay algo distinto en sus ojos. Y eso significa que se ha reconstituido a sí mismo desde adentro, reorganizando sus moléculas para convertirse en otro ser humano”. Su contextura regordeta y su aspecto a menudo desaliñado no eran impedimentos para Philip Seymour, quien suplió esa carencia de un físico camaleónico con determinación y carácter. Al meterse en la piel de sus personajes –villanos perturbados, antihéroes sufridos, segundones perversos– Hoffman se entregaba expresiva e intelectualmente a las acciones del relato, y lo hacía sin ostentar ni el más mínimo ápice de vanidad, acaso una rareza para actores “del Método” como él.

Esta capacidad de mutar constantemente y a la vez seguir siendo él mismo se ve reflejada en los personajes interpretados a lo largo de dos décadas. Roles secundarios (Perfume de mujerNoches de placerCasi famososEl Gran Lebowski), roles de contraparte (Nadie es perfectoLa guerra de Charly WilsonLa hora 25Antes que el diablo sepa que estás muertoLa dudaLa familia Savage), en todos ellos el hombre dejó su marca, sin olvidar, ya en el rol de protagonista absoluto, la soberbia encarnación de Truman Capote que lo consagró en el firmamento hollywoodense. Las criaturas de Hoffman, en definitiva, presentaban una extraña combinación de seguridad y fragilidad que las tornaba impredecibles (y la mayoría de las veces, queribles). Ni siquiera Lancaster Dodd, el líder espiritual de esa escabrosa efigie de los Estados Unidos de posguerra que es The Master, era capaz de dominar sus demonios internos, manifestados en torno su misteriosa amistad con el desequilibrado Freddie (Joaquin Phoenix).

La trágica noticia del domingo me trajo recuerdos del Todas las vidas, mi vida, aquel film surrealista de Charlie Kaufman en el que el neoyorquino era un director de teatro cuya ambición lo llevaba al intento de montar una desbordante obra autobiográfica. Recuerdos, ausencias, oportunidades desperdiciadas, la imposibilidad de volver el tiempo atrás, el miedo al fracaso, la certeza de la muerte, tales eran los pensamientos que acosaban, con una densidad emocional y una ansiedad por momentos insoportables, a un genio perdido entre la melancólica realidad de su existencia adulta y las sombrías ficciones de su imaginación. A la luz de lo ocurrido, es inevitable pensar en las conexiones de este personaje con la vida del propio Hoffman, que culminó de la manera más absurda. Será difícil acostumbrarse a no verlo más.

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