Dossier Étaix – Mientras haya salud (Tant qu’on a la santé)

Dossier Étaix - Mientras haya salud (Tant qu'on a la santé) - C I N E M A R A M AMientras haya salud (Tant qu’on a la santé – Francia – 1966)

Dirección: Pierre Étaix
Guión: Pierre Étaix, Jean-Claude Carrière
Intérpretes: Pierre Étaix, Denise Péronne, Simone Fonder

por Diego Maté

El tema de tres de los cuatro cortos que componen Mientras haya salud es uno particularmente caro al cine de Jacques Tati y se resume en una única pregunta nunca contestada: cómo hacer para vivir juntos. Con el paso del tiempo, la comedia fue justamente revalorizada y entendida como instrumento de crítica, de reflexión, incluso como agente anarquista (es el caso, entre muchos otros, de los hermanos Marx). Viendo las películas de Tati y las de Pierre Étaix (ocasionalmente secundado en la dirección por Jean-Claude Carrière), podría pensarse que la buena comedia, a diferencia del resto del cine, también puede permitirse el raro lujo de hacer sociología sin perder su carácter lúdico. Dejando de lado El insomne, que juega más con las convenciones del primer cine de terror y se divierte trastocando sus códigos, los cortos restantes de Mientras haya salud tienen la particularidad de contar con un protagonista colectivo: las masas de gente que habitan una ciudad incapaz de contenerlos a todos (al menos en los términos de una convivencia más o menos sana, más o menos civilizada), cuyos espacios desbordados son el testimonio de alguna especie de fracaso que las películas, en un gesto de discreción, se cuidan de no señalar. Se trata de pensar con gags, de mostrar a un protagonista eternamente en desfase que, a diferencia del más distante y frío señor Hulot de Tati, intenta una y otra vez, siempre sin éxito, integrarse a los rituales cotidianos más comunes como ir al cine o tener una cita con una chica. Esa mirada (que me gusta imaginar como sociológica) es posible, a su vez, por el aprovechamiento de un recurso como el plano general que solo la comedia es capaz de producir en esos términos; el plano que otros cómicos como Buster Keaton utilizaban para realzar el divorcio entre ellos mismos y el espacio del cuadro con todos sus objetos (amenazas potenciales), Tati y Étaix lo usan para encuadrar a los grandes conjuntos de turistas que arrasan un pequeño balneario francés o al chorro furioso de empleados que se lanzan a la calle tras terminar su trabajo y arrastran (literalmente) al personaje de Étaix con ellos. Solo que a diferencia del director de Playtime, que trabajaba en estudios o en micro ciudades mandadas a construir exclusivamente para él (Tativille), Étaix sintoniza con el clima de los nuevos cines de la época y sale a la calle: es inevitable sentir que existe un diálogo entre el slapstick en locaciones reales del corto Mientras haya salud y el espíritu de la nouvelle vague, por el 66 ya a punto de extinguirse.

Pero otro lugar en el que Étaix se aleja de su maestro es justamente en la escala: sus películas entablan una cercanía con sus personajes a la que el cine de Tati nunca aspiró. En las películas de Étaix se ven con detalle las caras y  entonces se sabe lo que le pasa a las personas, por ende, uno puede identificarse con ellos, sentir a la par suyo. Al menos en este sentido, Étaix se muestra más optimista que Tati, que rara vez le regalaba un plano cercano a sus criaturas y para el que las únicas personas que merecían planos más cálidos eran los chicos, que todavía jugaban y desorganizaban el espacio que los adultos se empeñaban ridículamente en conservar ordenado. En cortos como Mientras haya salud y A los bosques nunca más, en cambio, no hay chicos y Étaix se detiene particularmente en el rostro de todos los personajes, hasta en el de los más patéticos y desconsiderados, como si estuviera diciendo que todos, cada uno a su manera, hace lo que podemos, incluso ese señor que en pleno picnic es esclavizado por su mujer y al que todo el tiempo se le abre la valija.

En última instancia, nada de esto sería relevante si las películas de Étaix, a pesar de haber salido de circulación durante tanto tiempo, no hubieran soportado tan bien el paso de los años: hay allí una inteligencia puramente cómica que hace posible que hoy se digan tantas cosas de un puñado de cortos y largos; una lucidez que se funda solo en el ritmo al que se suceden los chistes (las ocupaciones sucesivas de un asiento en El cinematógrafo), en la justeza de un remate o en la gracia mayúscula que desata un pequeño gesto facial del propio Étaix (por lo general, una breve y sutil muestra de estupor frente a la brutalidad de la vida en sociedad). Es solo gracias a esa riqueza que hoy podemos escribir como si fuéramos los primeros que ven su cine y se maravillan; como si hubiésemos descubierto algún tesoro perdido.

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