Dossier Wong – My Blueberry Nights

Dossier Wong - My Blueberry Nights - C I N E M A R A M AMy Blueberry Nights (Hong Kong, China, Francia – 2007 )

Dirección: Wong Kar-wai
Guión: Wong Kar-Wai, Lawrence Block
Intérpretes: Jude Law, Norah Jones, Natalie Portman, David Strathairn, Racher Weisz

por David Obarrio

La llave de mi corazón. La gente se pregunta si My Blueberry Nights no será la película mala de Wong Kar-wai, pero probablemente no lo sea. La película “americana” de Wong –en cierto modo, su película maldita– es también aquella en la que en principio el director parece decidido a jugar sobre seguro, sacándoles el jugo a sus viejos trucos de siempre hasta dejarlos exhaustos, convertidos prácticamente en clichés. Las caras en My Blueberry Nights (y hay muchas, todo el tiempo) nunca son caras plenas, no tienen del todo el derecho a ser caras si no están enmarcadas (doblemente) en el plano, cruzadas por cristales vaporosos, rejas, neblina, filtros de luz. El esteta consumado que responde al nombre de Wong no se puede levantar a la mañana si no es para librar –con esa enjundia que a menudo lo lleva, aun en la victoria, al borde del ridículo– la batalla de los arrasados por culpa del amor, los casos perdidos, los corazones desesperados que pasan las horas acodados sobre la barra de los bares. Las caras de sus actores habitan los primeros planos con un aire de tragedia que tiene también un costado cómico como resultado de sobreactuar el desamor y transformar la melancolía amorosa en programa. My Blueberry Nights no puede ser la peor película de Wong, porque el hongkonés es experto en clichés. Además, los inventó todos, o se los apropió de tal manera que parece que los hubiera inventado. ¿Qué cuenta la historia? Poco y nada, como es habitual. Una chica (Norah Jones, una linda revelación) acaba de ser abandonada y pierde el tiempo sobre la barra de un bar en Nueva York, soñadora y perdida, mirando las llaves del departamento que ha dejado colgadas en una repisa del establecimiento con la esperanza de que su novio venga a buscarlas. En vez de beber se distrae con la charla de ocasión y el examen minucioso de las tartas de arándano, al parecer una especialidad de la casa. El dueño del local (Jude Law) tiene también una pérdida importante en su haber, la chica rusa de la que se ha separado en buenos términos pero que no obstante le rompió el corazón. Como se advierte enseguida, en My Blueberry Nights las cosas tienden a replicarse: los rostros, los bares, los paisajes, la decepción, la soledad, las ciudades. La película parece sugerirnos que lo que gobierna es la repetición, así en el mundo como en el cine: el estado melancólico de la vida es el resultado de estar condenada a representarse casi sin variantes, como en una serie infinita de episodios siempre demasiado parecidos entre sí. Para señalar eso Wong elige hacer una road movie que en realidad es más bien una bar movie, al menos en sus tres cuartas partes. El último acto no parece ser más que una aventura sin alegría, un paseo fallido por los recovecos de una existencia que no alcanza a despegarse de su fantasma de rutina, tedio y espera. Wong filma entonces casinos, moteles tristes, parques de ventas de autos. Cada escena es un amague de cambio que termina con un aire ligero de desengaño y parece reconducir las cosas a un estado de suspensión permanente. Elisabeth y su nueva amiga (Natalie Portman) son puntos perdidos en la marea manierista del director, que descree un poco de los personajes preocupado por ejercer sus piruetas formales con la solvencia abrumadora a la que nos tiene acostumbrados. La noción de relato, para Wong, no es más que una referencia a la que alude cada tanto por obligación: Wong cubre todos los ángulos de “película del camino” y de película sobre corazones destrozados que parten a los caminos (como en Paris, Texas, con el propósito de unir los pedazos sueltos), pero solo para volver, una y otra vez, a tocar la cuerda del melodrama, que goza un poco duplicando sus quejas, ese lamento algo cursi que flota en los monólogos de los personajes. Wong no desconcierta en My Blueberry Nights: sus imágenes nos acompañan con cierto desapego gentil, como la hermosa música de Ry Cooder, acaso para recordarnos que no se renuncia tan fácilmente a la tentación de un mundo hecho a medida.

Dossier Wong - My Blueberry Nights - C I N E M A R A M A

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