Dossier Kaurismäki – Luces al atardecer


Luces al atardecer (Laitakaupungin valot – Finlandia, Alemania, Francia – 2006) 

Dirección: Aki Kaurismaki
Guión: Aki Kaurismaki
Intérpretes: Jaén Hytianien,  Maria Janverhelmi, Maria Heiskanen, Ikka Koivula

por David Obarrio

En Finlandia, en cualquier parte. Luces del atardecer es una arrebatadora miniatura con sabor a film noir. Hay una chica rubia improbablemente sofisticada, con intermitente sonrisa apática y apetito de ascenso social rápido. También una morocha de origen proletario que atiende con resignación un puesto de panchos instalado en un descampado y no sonríe ni por casualidad. El protagonista trabaja de guardia en una especie de shopping de medio pelo y un mafioso local le manda a la rubia para que lo seduzca y les permita a sus muchachos entrar a robar. Como siempre en las películas de Kaurismäki, el hombre está esperando hacer otra cosa de su vida, un paraíso módico que con mucha buena voluntad es capaz de vislumbrar al final de un camino sembrado de los mil escollos que le presenta eso que podríamos llamar “el sistema”. El empeño ciego y el carácter ingenuo del personaje son parte del kit que acompaña desde toda la vida el cine del finlandés, ese territorio familiar que se vuelve sorprendente una y otra vez a fuerza de pequeños ajustes, de innovaciones mínimas y leves cambios de tono que hacen que un Kaurismäki termine no siendo nunca del todo igual al otro.

La voz de Gardel cantando Volver, que se escucha en la apertura y en el cierre, le otorga a la película ese aire de otro mundo que suele caracterizar las pistas sonoras del cine del director, en el que basta que un personaje prenda en cualquier momento una radio para que se pueda oír un blues espectral surgido del año 1949, un rockabilly de los cincuentas tocado con orgullo punk, o esos tangos marcianos que no se sabe si son propios de Finlandia o un invento del propio Kaurismäki (“Aki me encomendó que les dijera que el tango original es finlandés”, palabras más o menos dijo con picardía la actriz Maria Jarvenhelmi cuando le tocó presentar la película en el ciclo que la sala Leopoldo Lugones ofreció hace unos años de la filmografía completa del director).

Sea como fuere, la música es uno de los elementos importantes mediante los que Kaurismäki compone esos collages elegantemente ensamblados desbordantes de referencias, señales y refutaciones que constituyen sus películas. Aunque no el único: por momentos, Luces al atardecer podría describirse como Dreyer con tango –la incomodidad de la escena de la comida en casa del protagonista remite enseguida a las viñetas hieráticas de Gertrud–; por otros, el humor amaga imponerse como una catarata digna de Los Tres Chiflados antes de que Kaurismäki disponga un corte violento, como si dijera que el horno no está para bollos, y la risa desaparezca diluida en un patetismo conmovedor: primero, el hombre queda en el bar con su vaso en la mano atrás de una puerta que se abre de golpe. Después pelea fuera de campo con unos matones y vuelve a hacerse visible cuando se va a su casa todo machucado y rengueando mientras un niño negro sentado en la vereda lo observa con mirada compasiva.

Es que Koistinen, el atribulado antihéroe de la película, parece no necesariamente habitar esa Helsinki bella y en apariencia vacía que se aprecia en una serie de planos generales desde la altura sino un universo cinematográfico particular, creado a la medida justa de los padecimientos y las breves conquistas de sus personajes. Que además funciona como espejo de la realidad de la existencia bajo el orden social y económico imperante (pocas veces se explicó de modo tan preciso y brutal el funcionamiento de los bancos como en las películas de Kaurismäki, por ejemplo). Koistinen va a parar a la cárcel porque es víctima de los manejos de la mafia, pero la credulidad que lo lleva a estar convencido de que puede cambiar de vida con solo proponérselo es la misma que lo vuelve vulnerable ante la mujer que le tiende la trampa. Con una sofisticación llena de gracia y delicadeza, Kaurismäki entrega una de sus películas más perfectas: una balada esmeradamente taciturna acerca del carácter melancólico de los deseos incumplidos y, de paso, una postulación de la supremacía de la brevedad para comunicar un sentimiento de desconsuelo genuino sin perder un ápice de contundencia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s