Bafici – Miércoles 14 de abril – Séptimo día

Hoyts Abasto. 10:15. Bummer Summer (Estados Unidos – 2010 – 79’). Dirección: Zach Weintraub. Guión: Zach Weintraub

Los caprichos de la grilla y las obligaciones personales confabularon para que gran parte de las películas que vi formaran parte de esa tendencia que, con la estética y temática recién germinada, ya tiene nombre y apellido: “ficciones de observación”. Dirigidas en su mayoría por directores jóvenes, las reminiscencias a las primeras películas de Richard Linkater, donde se registraba con una cámara-acompañante-testigo el aleatorio deambular de las criaturas que las habitan, resultan inevitables: tanto Suburbia Rebeldes y confundidos como Somos nosotros (cuyo director, Mariano Bianco, suma veinte abriles), Lo que más quiero y Bummer Summer proponen un fresco generacional, casi antropológico, de la adolescencia, y exponen en primer plano el temor que conlleva el crecimiento y el ríspido camino hacia el forjamiento de la identidad propia. Pero Bummer Summer tiene una plusvalía cuantitativa que la destaca por sobre el resto. Sin la abulia exacerbada de Somos nosotros ni la pátina cómica de la Lo que más quiero, la ópera prima de Zach Wientraub esconde, bajo su trama de viaje iniciático, un interesante enfoque casi ontológico de la juventud, además de un amor infinito por el cine. Lo primero se debe a la imposibilidad que desde la puesta en escena impone Wientraub para anclar temporalmente el relato. A excepción de un cartel en primer plano que lo ubica a mediados de 2009, no hay otro elemento que refuerce esa idea: autos no demasiado viejos pero tampoco nuevos, lenguaje llano, ropa impersonal y ajena a cualquier paradigma textil. Pero la idea fundamental está en la ausencia de tecnología comunicacional e informática. Mientras que en Lo que más quiero y Somos nosotros –sobre todo la última- los celulares son inherentes a los portadores, aquí las computadoras y las celulares se encuandran en un plano inasible, son una entelequia: los adolescentes caminan, dialogan, hablan por teléfono, se animan a visitarse de sorpresa y hasta asisten a los autocines, razón vinculante con el segundo aspecto a analizar. Filmada en un precioso (que no preciosista) blanco y negro, la relación con La última película resulta inevitable. Menos hormonal que el opus máximo de Peter Bogdanovich, el cine representa la profunda nostalgia por la infancia pasada y la certidumbre de que la adolescencia devendrá en adultez. El precioso y exacto plano final no sólo clausura una película de una belleza inusitada sino que cierra una etapa de vida. Si eso no es amor por el cine… Ezequiel Boetti

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Atlas Santa Fe. 13:00 hs. In the Attic: Who has a Birthday Today? (República Checa, Eslovaquia, Japón – 2009 – 74’). Dirección: Jirí Barta. Guión: Edgar Dutka, Jirí Barta.

En las vacaciones de invierno del año pasado llevé a mi hijo a ver El maquinista de la general en el Malba. La película formaba parte de un programa para chicos y se proyectaba con el acompañamiento de música en vivo. En aquella ocasión, el mismísimo Fernando Martín Peña, luego de cortar los boletos, tomó el micrófono y fue leyendo uno a uno los intertítulos durante toda la proyección. En el otro extremo de la consideración hacia el público, el festival tiene desde el año pasado una sección llamada Baficito en la que ni siquiera se toman el trabajo de aclarar si la películas se pasan con subtítulos o dobladas al castellano. La película de Barta está orientada claramente a un público infantil, sin embargo en la función de hoy el único chico era mi hijo. Más allá de estos reparos a la programación, lo primero que hay que decir es que In the Attic es un acto de resistencia anacrónico (y encantador) al reinado de la animación digital, que está tan lejos de Wallace y Gromit como de las producciones de Pixar. Jiri Barta, como sus maestros Jiri Trnka o Karel Zeman, tiene los espectáculos de marionetas en el ADN, sus personajes son los últimos representantes de una especie en vías de extinción y resulta difícil no tomarles cariño. El director crea un micromundo poblado por una muñeca antigua, un oso de felpa, un príncipe de madera, y sobre todo por el entrañable Schubert, una bola de plastilina con nariz de lápiz y sombrero de chapita de cerveza. Barta combina tomas de acción en vivo y stop-motion, utiliza distintos registros y soportes, y así sorprende cuando un gato verdadero aparece en el plano, aunque no logre el extraordinario efecto de las ratas de tres dimensiones en el universo impresionista de Krysar, su gran obra maestra. El director se divierte transitando el borde de dos universos paralelos, y esta combinación le confiere a la película una impureza lúdica. Cuando afuera estalla la tormenta, en el mundo en miniatura de Barta se traduce con fundas de almohada infladas levitando por encima del suelo. In the Attic es una película de orfebre, delicadamente nostálgica y colmada por una poesía atemporal. Aníbal Perotti

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Hoyts Abasto. 17:45 hs. Constantin y Elena (Rumania – 2009 – 102’). Dirección: Andrei Dascalescu. Guión: Andrei Dascalescu.

Hace apenas dos días, en este mismo festival, asistí a una película que desde su trama podría ser muy similar a la que hoy me convoca; aquella película era Un día menos, documental mexicano sobre la rutina de una pareja de 87 y 97 años, dirigido por su nieta. En Constantin y Elena el director es un nieto varón y como escenario tiene al único país latino que le tocó estar del otro lado de la cortina de acero, Rumania. Hace unos días justificaba mi gusto por Un día menos desde la elección de los planos, del riguroso cuidado por el tratamiento de los protagonistas, por el grato contenido de humor del documental y por una directora que no perdía la distancia de lo que quería contar. En Constantin y Elena el humor no es algo que esté demasiado presente, la elección de las imágenes parece -por momentos- basarse en cuestiones simplemente estéticas, no existe un plan siquiera a posteriori de lo que se quiere contar, ni de cómo hacerlo, y sin embargo, dentro y una vez fuera de la sala, uno se siente extrañamente gratificado. El director advertía antes de la proyección de su opera prima que no esperáramos un suceso importante, sino que simplemente contempláramos su mundo. Estrictamente esto es cierto, no hay grandes giros dramáticos, ni aparecen antagonistas o el desafío a resolver en los próximos noventa minutos. Pero Constantin y Elena hacen en su pequeña granja de pueblo rumano lo que en cualquier estudio considerable necesitarían varios dobles de riesgo. Desde subir y bajar de su granero cargando grandes volúmenes por una diminuta escalera, que siempre encuentra un pésimo lugar de apoyo tambaleándose lo suficiente como para convertirse en exasperante y peligroso, se encargan de los animales de la granja, de su pequeña cosecha, de armar, desarmar, mover y volver a armar un telar que por poco les parte la cabeza y los duplica en peso, cocinar doce pan dulces en una tarde –son los que pude contar en pantalla- tejer, ir al cementerio a renovar las velas, cantar en el coro, ir a misa, hablar con y de la familia y seguir teniendo un espíritu envidiable como para recitarse poesías mutuamente, todo esto pasado los ochentas. Es en esta trama de incesantes labores por la que uno entra al mundo de esta pareja de campesinos y se anima a soñar con probar su comida, en acurrucar la cabeza sobre la falda de Elena mientras escuchamos a Constantin contar historias sobre cómo la milicia lo salvó de la hambruna. La película conquista desde la ternura con la que ellos dos se tratan y tratan al mundo –como la escena en la que, risueños, planean emborracharse una noche con una sidra pequeña y una lata de Pepsi que les obsequiaron en la iglesia-, desde la silenciosa sabiduría –como cuando salen de su pequeña casa de campo, casi perdida en el tiempo, y curiosos observan un afiche de campaña político pegado en su cerca, caminan hacia él, lo leen en voz alta, lo comentan y siguen caminando con la misma tranquilidad, no la rima con pasividad sino la que acompaña a los seres de paz. No es el escenario, lo sé, pero imagino a una Fiona Apple rumana tarareando a los Beatles con Nothing is gonna change my world… y quizás esta tarde haya tiempo para encender el horno y empezar otro telar con flores que contengan nuevas historias para contarlas a un nuevo bisnieto. Malena Flores Piera

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Hoyts Abasto. 20:15. Don’t Let Me Drown (Estados Unidos – 2009 – 105’). Dirección: Cruz Angeles. Guión: María Topete, Cruz Angeles

Siempre resulta interesante, como ocurre con las películas de guerra, ver cómo siguen adelante las personas después de un hecho que los deja tan marcados, ya que sus vidas no son las mismas después de estar involucrados en ellos. Es esto lo que le ocurre a la familia de Lalo y Stefanie, que tuvieron alguna vinculación con la tragedia ocurrida en las torres gemelas en el año 2001. Ellos son dos adolescentes que viven en Brooklyn, él mexicano y ella dominicana, y surge entre ambos una historia de amor que debe superar muchos obstáculos, como la oposición de sus padres, con distintos motivos en el caso de cada uno. Lo agradable de esta relación es que por momentos se torna muy madura y por otros muy infantil, resultando siempre atractiva. Es notable la melancolía que transmiten algunos personajes, como el padre de Lalo, un conserje que estaba en el edificio cuando ocurrió la tragedia y pudo salvarse al escaparse corriendo, y se dedica en la actualidad a recoger los escombros del lugar, o el padre de Stefanie, que perdió a su otra hija en el atentado y no puede evitar convertir su tristeza en ira y así golpear a la gente que lo rodea. Es ese el contexto en el que viven estos seres, que inevitablemente se ven afectados por haber sentido tan de cerca semejante desdicha. Por momentos queda olvidada la tragedia, creándose climas muy agradables, con buenas canciones de fondo, algunos paisajes muy bellos y un humor a veces muy efectivo. La historia en sí es simple (siendo un más que digno debut de este director), que no deja de generar su ternura y agrado debido a estos personajes, que hacen lo posible para ser felices y conseguir lo que quieren, sobre todo los más jóvenes. Martín Piscitelli

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Hoyts. 23:00 hs. Torino (Argentina – 2009 – 95´ ). Dirección: Agustín Rolandelli. Guión: Agustín Rolandelli.

Torino es un documental ficcionado que se propone contar la historia de este gran bólido, el Torino justamente, construido íntegramente en Argentina por Industrias Kaiser. Con buen tono didáctico, dinámico e interesante, arranca contando la historia de cómo se comenzó a gestar la industrialización de este auto. El objetivo es claro: revivir la pasión fierrera del país, en este caso particularmente con el Torino, y mostrar que Argentina puede producir grandes logros propios como fue tamaña construcción. Por momentos pareciera ser que los grandes protagonistas del film son mecánicos, automovilistas y fanáticos del auto en cuestión, que si bien aportan jugosos comentarios donde contagian su pasión por el Torino, parecen dejar rezagada a la verdadera estrella de la película que es el auto en sí, que carece de imágenes y tomas que muestren en detalle su imponente carrocería y el rugir único de un motor que lejos está de poner la piel de gallina como en verdad debería ocurrir. No ayuda mucho la banda de sonido, que si bien tiene el mérito de haber sido compuesta especialmente para la película, escapa a las bandas sonoras tradicionales que suelen acompañar el ruedo de un auto como el blues, el rockabilly y el rock and roll clásico, y se queda en bases musicales prefabricadas de laboratorio inundadas de teclados que poco tienen que ver con la temática abordada. Torino cumple con lo justo y necesario, pero no sale primero con amplia ventaja; apenas si se queda a mitad de camino. Fernando Piscitelli

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7 comentarios

  1. Estela

    Aunque varios tarareamos la canción de los Beatles al leer el título rápidamente, la peli de Cruz Angeles es Don´t let me drown. Saludos!

    abril 16, 2010 en 1:58 am

  2. Es cierto, es como dice Estrella: es “Drown”, no “Down”.

    Saludos!
    EV

    abril 16, 2010 en 11:32 am

  3. Y no es como digo yo: es “Estela”, no “Estrella” (vaya uno a saber por qué recordé el nombre Estrella, en fin).

    Saludos!
    EV

    abril 16, 2010 en 11:35 am

  4. Estrella es otra, visitante ocasional de este blog, amiga virtual de nuestra compañera Laura.

    abril 16, 2010 en 11:59 am

  5. Malena, a mí también me gustó mucho Constantin and Elena pero me pareció un desperdicio que la película se confiara tanto al encanto de ellos, me pareció medio zoquete el director cuando al final alguien le preguntó por qué habían pasado hambre los abuelos entre las dos guerras y el dijo “No sé, no sé mucho de historia”. ¿¿Cómo?? ¿No hablás con tus abuelos? Digo, ahí había algo re interesante para aprovechar, porque son personas que vivieron la historia del siglo XX y que pertenecen a una generación que pronto no va a existir, se está muriendo, entonces hay como una falta de inteligencia ahí, no es obligatorio interesarse por la historia, claro, pero me pareció que hubiera potenciado mucho la película no recostarse tanto en los afectos y tener una conciencia histórica, de parte del director.

    abril 19, 2010 en 4:14 pm

    • Malena

      Sí de hecho es lo que trato de decir en la nota, en la peli mexicana (con la que hago el paralelo) la directora sabe a dónde quiere ir al menos en la hora del montaje, interviene, actua, en un punto dirije, en Constantin y Elena la cámara está más librada al azar a retratar escenas como un espectador absolutamente pasivo. No sé si a mí me interesa tanto ese tipo de cine, pero por otro lado, y es lo que digo en el texto, ellos dos tienen tanta fuerza que a mí me bastaron como para pasarla muy bien. Eso no significa especialmente que él tenga demasiados méritos más allá de haberse dado cuenta que sus abuelos garpan. También me pareció muy nabo cuando no sabía a qué hambruna se trataba, me decepcionó un poco que su curiosidad sea sólo cinematográfica y no tanto humana, histórica o familiar.

      abril 20, 2010 en 2:44 am

  6. Pingback: Baficiando

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