Pequeños invasores (Aliens in the Attic)

Pequeños invasores - Aliens in the Attic - CinemaramaAño: 2009
Origen: Estados Unidos, Canadá
Dirección: John Schultz
Guión: Mark Burton y Adam Goldberg
Intérpretes: Carter Jenkins, Austin Robert Butler, Ashley Tisdale
Fotografía: Don Burgess
Edición: John Pace
Música: John Debney
Duración: 86 minutos

por Ezequiel Villarino

La guerra, a puertas cerradas. Inquietud. Eso es lo que me genera, de vez en cuando, cierto cine. Una intranquilidad tan particular que hace que las cuestiones ideológicas me atemoricen más de lo debido. Durante estos últimos meses, algunos films han recreado con énfasis movimientos, estrategias y visiones de mundo que se corresponden con prácticas militares diversas: Transformers y G.I. Joe son excelentes ejemplos del caso. Pero también una película como Fuerza-G, destinada a captar, sobre todo, la curiosidad de los niños, y en donde un grupo de hámsters animados digitalmente se calza el uniforme de la milicia y  porta armas al mejor estilo tropa comando mientras un slogan incrustado en el afiche dicta “El mundo necesita grandes héroes”. Digamos que los héroes triunfantes en este tipo de películas sólo obtienen su éxito si reproducen, con destreza, cierta conducta militarizada y heredada exclusivamente de la imagen del ejército norteamericano. Es cierto, no digo nada nuevo, pero es interesante observar cómo algunos films que son pensados particularmente para atraer la atención de espectadores que ni siquiera llegan a la categoría de adolescentes, introducen situaciones cuestionables bajo un producto que se supone divertido y apto para todo público. Y este es, también, el caso de Pequeños invasores.

No se trata aquí, únicamente, de hacer crítica ideológica. Después de todo, tal ejercicio implicaría, en términos más temáticos que formales (aunque la forma en el cine siempre determina el contenido), desocultar aquello que subyace enmascarado o, valga la redundancia, oculto para todo aquél que se encuentra en la instancia de recepción. Sin embargo, como espectadores, y pienso en aquellos que poseen cierta capacidad o competencia para ejercer una actividad crítica, la película Pequeños invasores se presenta como un film que naturaliza una forma cuestionable de concebir el mundo y que, en cierto sentido, hace gala de una inquietante manera de articular la diversión a partir de una aventura vivida por un grupo de jóvenes y niños con altas dosis de pasión por el consumismo (las nuevas tecnologías de diversión poseen una fuerte presencia en el film) y por un espíritu combativo de explícita obscenidad.

Así, nada debe desenmascararse, todo está allí servido: un grupo de seis chicos de familia de clase media alta y obsesiva pasión por los aparatos tecnológicos de última generación, son obligados por sus padres a vacacionar en un lugar lejano y aislado de toda urbanidad para encontrar el relajo anhelado frente a la alienación de lo cotidiano. Pero a partir de la invasión de cuatro alienígenas de actitud militar y esencia digital (como esos hámsters belicosos de Fuerza-G), se dispara un conflicto que obliga al grupo conformado por jóvenes y niños a adquirir formas o maneras que emulan con sagaz conducta la estrategia de fuerzas especiales y los discursos militares que a esta altura, y dentro de ese cine babilónico parido desde la industria del entretenimiento yanqui, son fuente constante para el asombro: expresiones como “Go, go, go” y “Defcom 1” (condición o estado de defensa que alude al nivel máximo de gravedad dentro una situación militar); gestos corporales que imitan el despliegue de sujetos vinculados con la ley y el orden, como esas indicaciones que lanzan una y otra vez los “líderes” del grupo terrestre, Tom y Jerk, frente al acecho de las criaturas; manejo constante de armas (de juguete, claro, pero representativas y ejecutoras al fin y al cabo de todo daño físico); poses y acciones dignas de los más diestros francotiradores; e incluso un forzado interrogatorio al alien “simpático y no tan malo” de turno, transforman al film de John Schultz, un realizador encaprichado en diagramar universos teen de los más variados, en una guerra a puertas cerradas y camuflada (nunca mejor empleado el término) bajo los atributos del género fantástico que pretende robar algunas sonrisas mediante la gracia del absurdo.

Y si hablamos de cuestiones inadmisibles, la irrupción de esas fuerzas diminutas from outter space que vienen a someter al planeta tierra (como suele suceder generalmente en los exponentes de este tipo de género), deja en claro lo siguiente: ellos, los extraterrestres, son portadores de una naturaleza bélica perfectamente homologable a aquella de los seres humanos, convirtiéndose en una especie de diminutas versiones militares de los Gremlins de Joe Dante y siendo mucho más antropomorfizados que los mogwai, lo que provoca que pierdan toda particularidad y atractivo. Esta similitud (poco feliz) entre humanos y aliens (o soldados y aliens, para estar a tono con la naturaleza bélica del film), puede remitirnos tranquilamente a aquello que una vez expuso Roland Barthes en uno de los capítulos de su libro Mitologías, cuando se refería a la imposibilidad de los norteamericanos de pensar o, mejor dicho, representar al “otro” en las películas sobre romanos: si no imaginan a ese opuesto igual a sí mismos, lo piensan como exótico. En este caso, los pequeños invasores del film tomarían el carácter agresivo de los humanos y la apariencia física del “otro” (aquí con impronta monstruosa).

Lo particular y, como dije antes, inquietante de todo este asunto radica en observar cuánto y de qué manera el realizador del film introduce con insistencia la pasión por comparar la mayoría de las actitudes (y aptitudes) de los personajes con aquellas que pueden observarse en soldados o en distintos agentes de la ley. Claro, los personajes adultos no son integrados al conflicto, ignorando todo peligro posible o siendo tomados como prisioneros de los invasores y de los niños, convirtiéndose en juguetes, en muñecos manipulables mediante joypads, y que tienen como función divertir y evocar, con gracia inexistente, clásicas peleas de videogames como las vistas en el Street Fighter o el Mortal Kombat (vean, sino, ese enfrentamiento final entre la abuela de la familia y el novio pesado, creído e idiota que viene a visitar a su novia). En resumen: los adultos son manipulables, puras herramientas de la pasión consumista de los jóvenes.

Films de este tipo suelen ser menospreciados, incluso pueden ser tildados de pavotes o intrascendentes. Yo diría que son alarmantes: se dirigen a un público que puede ser pensado de antemano mientras realizan, a través del cine, una evidente puesta en escena de abuso ideológico (en el sentido de dar forma e imponer una concepción de mundo particular), por más que el mismo sea, volviendo a Barthes, una “exposición decorativa de lo evidente -por- sí mismo”. Así, el conflicto que propone Schultz en su película dista bastante de ser pensado como un enfrentamiento entre humanos y aliens, más bien es un combate entre grupos militares. Después de todo, la antropomorfización del “otro” (en este caso los alienígenas) no puede dejar de pensarse como la absorción y la integración del diferente y, a su vez, una verdadera y sencilla búsqueda de identificación y empatía instantánea con el espectador. Lo peligroso, claro está, es ver cómo la historia del film naturaliza la pasión por las armas, ensalzando un espíritu belicoso que se traduce en violencia temática y formal durante la mayor parte del metraje (y que ni siquiera puede olvidarse al presenciar ese cierre complaciente en donde la familia unida se dedica a la pesca). Nada más cuestionable.

Pequeños invasores - Aliens in the Attic - Cinemarama

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Una respuesta

  1. Hola Ezequiel, disculpa el tiempo y el mensaje… pero solo queria avisarte que ya te deje la respuesta en mi blog.

    Saludos.

    septiembre 10, 2009 en 12:58 pm

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