Vecinos en la mira (Lakeview Terrace)

Año: 2008
Origen: Estados Unidos
Dirección: Neil LaBute
Guión: David Loughery, Howard Korder
Intérpretes: Samuel Jackson, Patrick Wilson, Kerry Washington, Jay Hernández, Regine Nehy, Jaishon Fisher
Fotografía: Rogier Stoffers
Música: Jeff Danna, Mychael Danna
Edición: Joel Plotch
Duración: 109 minutos

por Diego Maté

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Atención: se cuentan detalles importantes de la trama

La corrección política hace que cada vez sea más difícil poner personajes negros, gays, asiáticos o de cualquier otra minoría en el papel de malos. Por eso Crank, veneno en la sangre fue una película muy importante, porque por sus planos desfilaban (sin el menor reparo por los lugares comunes que hacen a lo políticamente correcto) negros drogones, pandilleros y asesinos; coreanos mafiosos; un mexicano maricón; había sexo en público con puteadas y el personaje de Jason Statham se excitaba viendo un montón de colegialas asiáticas que viajaban en micro. Había algo refrescante en Crank, como si la película estuviese oxigenando una cartelera muy poco acostumbrada a ver y escuchar semejantes cosas en una pantalla de cine. Vecinos en la mira, aunque dentro de los límites más acotados del thriller, amagaba (al menos en la premisa) con plantársele de cara a la corrección política más rancia, pero en lugar de eso, la película de Neil LaBute resulta otro exponente más de la medianía bienpensante más ramplona.


Abel Turner (Samuel Jackson), negro, policía, viudo y padre de dos hijos (una adolescente y un chico) tiene un problema con sus nuevos vecinos: sin llegar a conocerlos, Abel parece irritado de sólo ver a Chris (blanco) besando y tocando a Liza (negra). De ahí en más, Abel va a empezar a hacerle la vida imposible a la pareja, primero jugándola de amigo y protector de Chris, después enfrentándose con ellos declaradamente. Dejando un poco la historia, el problema del que veníamos hablando en el párrafo anterior salta a la vista enseguida: Abel puede ser malo porque es racista, o sea, porque cae una y otra vez de manera flagrante en lo que parece (por momentos), quisiera combatir. Esto es central, porque no hay muchos resquicios posibles en la actualidad para hablar mal de un personaje negro; la única forma es, justamente, convertirlo en un negro que no es coherente con el discurso masivo de la discriminación racial. Me permito otro ejemplo, más cercano: ¿nunca escucharon decir a periodistas de derecha que Fernando Peña es “el único gay reaccionario/facho” que conocen? La operación es la misma, porque una de las pocas fórmulas posibles para pegarle a un gay en los medios de comunicación es tildarlo de intolerante, o sea, de persona que va en contra de la mayoría de las reivindicaciones del movimiento gay (al que se asume que cualquier persona gay debería adscribir automáticamente solamente por su condición sexual). Volviendo a Abel, ¿por qué llama la atención que un personaje negro sea racista e intolerante? ¿Hay que suponer que por el sólo hecho de ser negra, una persona no puede ser reaccionaria o fascista? Esta idea está sobrevolando todo el tiempo Vecinos en la mira, y es, a fin de cuentas, un comentario sobre el mundo tan racista como los que espeta Abel.


Sumado a este gesto cobarde de la película (Abel puede ser un negro malo porque es racista) surge otro, pasada la mitad de la historia. En un momento de debilidad, Abel le cuenta a Chris que su mujer (la de Abel), también negra, murió en un accidente de tránsito cuando volvía de su trabajo (cuidaba ancianos enfermos) hace tres años. Pero sobre el final del relato, Abel agrega que su mujer fue encontrada muerta adentro del auto de su jefe (blanco), cuando en realidad debería estar trabajando. “¿De dónde venían? ¿Qué estaban haciendo”, se pregunta Abel. Y es acá que LaBute exhibe un caradurismo a toda prueba. Abel, además de poder se un negro malo por ser racista, puede serlo también por un trauma psicológico, que parecería que lo habilita (no dije que lo justifica, ojo) a ser el hombre desequilibrado que es ahora. De hecho, en un momento, la cuñada le dice a Abel, después de ver la relación caótica que tiene con sus hijos, que está “cambiado”, que antes parecía que “estaba bien” y ahora ya no, reforzando esa cuestión de trauma y de desequilibrio del personaje.


Porque el cine suele rendir cuentas de la moral de sus realizadores en varios niveles (no solamente en el “contenido” o la historia), es que Vecinos en la mira tiene una construcción visual tan gruesa y subrayada, igual que los personajes y los conflictos. LaBute apela a lo fácil, al golpe rápido, y por eso la película, que falla groseramente a la hora de construir una puesta en escena interesante, que de cuenta de la desolación y la asfixia que atenaza a Chris y Liza, echa mano todo el tiempo a primeros planos (se sabe, el recurso que más se presta para crear algo de tensión e interés cuando no hay mucho que decir desde la puesta). En este sentido, el subrayado visual tan grueso (la película descansa enteramente sobre la cara de Samuel Jackson) se condice de lleno con el narrativo, ya se trate de los diálogos o la ideología de Abel, de la inocencia simplona de Chris y Liza, o de ese incendio enorme con el que abre la película y que permanece hasta el final, que va a funcionar a modo de metáfora torpe sobre vaya uno a saber cuántas cosas: el odio racial, la falta de solidaridad urbana, el hecho de que la sociedad moderna se está yendo al diablo, y un largo etc. Una metáfora amplísima, general en exceso, nada precisa, falta de coraje, que puede aplicarse a cualquiera de los temas o las miradas que despliega una película tan cobarde y que no se anima a nada como Vecinos en la mira.

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