Naturaleza muerta (Sanxia haoren – Estreno en DVD ampliado)

Año: 2006
Origen: China, Hong Kong
Dirección: Jia Zhang-Ke
Guión: Jia Zhang-Ke
Intérpretes: Zhao Tao Shen, Han Sanming, Li Zhubin, Wang Hongwei, Ma Lizhen, Lan Zhou
Fotografía: Yu Likwai
Música: Lim Giong
Edición: Khung Jinlei
Duración: 111 minutos

por David Obarrio

La melancolía que embarga a los personajes de las películas de Jia Zhang-Ke es algo verdaderamente notable. Se trata de un sentimiento poderoso que ha minado los cuerpos, crispado los puños, llenado de sombras las miradas. No es ningún cuento chino. En su cine, las personas aparecen usualmente capturadas en el trance de acontecimientos históricos de carácter oceánico: no se trata tanto de un gobierno más o un gobierno menos que produce novedades, por importantes que estas sean. Es todo un mundo el que cambia. Y el que no cambia con el mundo, ya se sabe. A diferencia de las películas de su colega taiwanés Tsai Min-liang, cuya insistente cinefilia funciona como una especie de protección frente a la verdad cotidiana del mundo, lo que tiñe a veces sus historias de un leve aire de fábula, y en las que se presenta un mal que se escribe con mayúsculas pero cuyo origen resulta por demás difuso e inexplicable, Jia parece empeñado en que las imágenes de su cine estén dotadas de una particular dimensión política. Esto es así en tanto y en cuanto sus protagonistas están sujetos al devenir de la historia, inmersos en un caudal de acontecimientos cuya fuerza no alcanza a medirse del todo. Tsai sería un cineasta más abstracto, en ese sentido. Y Jia, por el contrario, más concreto. Forzando un poco las cosas se podría decir que Jia se parece en algo a John Ford. Es que el chino y el maestro norteamericano acaso compartan una parecida mirada de desconcierto frente a los cambios profundos del mundo que operan sobre sus personajes. No es tanto que se añore por
anticipado un mundo en vías de desaparición, como recurrentemente se sostiene respecto de Ford (considero que en forma errónea) sino que simplemente no se comparte el optimismo de los triunfadores ni el cinismo de sus propagandistas. Al mismo tiempo, se hace presente la solidaridad con los caídos, el registro pudoroso de sus penas, el laconismo en la opinión (al lado de Jia, y para seguir con las analogías disparatadas, a Tsai le tocaría ser Hawks, lo que no estaría del todo mal tampoco).


Al principio de Naturaleza muerta, un hombre llega a un pueblo de provincia en busca de su mujer y su hija. Tratando de localizar el lugar exacto del paraje, pregunta desconcertado aquí y allá y alguien le señala un punto en el medio del río. Se le explica que a causa de la construcción de una represa casas enteras quedaron bajo el agua y sus ocupantes debieron ser trasladados. Como en una muestra de neorrealismo asiático, el personaje deambula entre construcciones derruidas que se asemejan a un paisaje extraterrestre. Al poco tiempo le ofrecen trabajo y el hombre se une a una cuadrilla de demolición. Luego de algún recelo, hace amistad con un compañero. Más tarde, le ofrecen una chica para tener sexo con ella. Son pasajes de una serena tristeza que Jia filma con planos cuya perfección no es nunca intrusiva ni exhibicionista sino que adopta el tono casual e insondable del tiempo en su transcurso. Los hombres se acomodan al ritmo que les toca en suerte como pueden, embargados de una resignación casi de carácter ontológico. Sin embargo, la vitalidad intransigente de los personajes se expresa en algunos pocos momentos, breves como parpadeos, cargados de una verdad y una belleza auténticamente originales. El chico que en dos ocasiones canta a voz en cuello una canción de moda. La cámara que panea sobre las caras divertidas de los trabajadores que asisten a un grotesco recital de rock. Los compañeros que despiden finalmente al protagonista entre cigarrillos y risas mientras descansan de una agotadora jornada de trabajo.


En medio de ese universo gris Jia traza inesperados puntos de fuga. Desde la pantalla de un televisor, Chow Yun-fat prendiendo un cigarrillo con un billete en el principio de A Better Tomorrow, de John Woo, parece recordar el desembarco del capitalismo salvaje en Hong Kong en los años 80s y así replicar irónicamente la situación actual en la China continental. El hecho de que la represa cuya construcción avanza paso a paso en Naturaleza muerta fuera un proyecto originado en el gobierno de Mao agrega su cuota de paradoja cruel a la confusión y el desconcierto reinantes. El apunte que hace Jia podría parecer poco sutil pero el distanciamiento inherente a toda ironía se ve suavizado, incluso impugnado, porque la escena sigue con sus dos personajes intercambiando ringtones, llenándose así de una gracia original y liberadora. Con la música de uno de los celulares de fondo, la escena funde a negro y el plano siguiente, que es una vista del río desde un barco en movimiento, es acompañado por la misma música ahora triunfante, escapada de la diégesis, en lo que podría ser un bello gesto solidario del director para con sus personajes.


En un momento dado, finalmente, marido y mujer se reencuentran después de no verse durante añares y se miran como si fuesen dos desconocidos. De pronto, mientras él pregunta por la hija ausente de ambos, la figura de una joven se deja ver desde el fondo del plano, titubea unos segundos y se retira enseguida hacia el fuera de campo, todo sin que su presencia sea advertida por la pareja. La escena, cuya potencia cinematográfica remite al dramatismo hipnótico del último plano de Los muertos, de Lisandro Alonso, tiene algo de espectral y nos recuerda la capacidad inigualable del cine para dar cuenta de la aparición de lo extraordinario. Es que Naturaleza muerta es una película excepcional que nunca alza la voz pero cuya fuerza expresiva se queda grabada en las retinas.

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