La princesa de Nebraska (The Princess of Nebraska)

Año: 2007
Origen: Estados Unidos, Japón
Director: Wayne Wang
Guión: Michael Ray
Intérpretes: Ling Li, Brian Danforth, Pamelyn Chee, Patrice Binaisa
Fotografía: Richard Wong
Música: Kent Sparling
Edición: Deirdre Slevin
Duración: 75 minutos

por David Obarrio

De Wayne Wang, director de La princesa de Nebraska, tuve noticias por primera vez hace ya varios años. Recuerdo vagamente haber visto una película suya, reseñada en su momento con no poco entusiasmo en algún diario, protagonizada por Tom Hulce. Supongo que el actor de Amadeus en algún tramo del film reía de manera estentórea y gesticulaba. Creo que también lloraba un poco, interpretaba a un dibujante de historietas atribulado por no me acuerdo qué vericuetos de la trama y tenía problemas familiares y de dinero. O algo así. Es decir que olvidé esa película casi por completo, incluso su título (remito a los lectores interesados a IMDB, que para eso algún benefactor de la humanidad se tomó el trabajo de inventarlo) pero retuve el nombre del director, que suena como una aliteración y que evoca de inmediato en el oído del aficionado la figura ejemplar del protagonista de Rio Bravo o The Searchers. Nadie sabe qué se ha hecho de Tom Hulce, pero se ve que Wayne Wang se las ingenió para desarrollar una carrera más o menos errática a mitad de camino entre su Hong Kong natal y los Estados Unidos, su país de adopción.


Sasha, la protagonista de La princesa…, es una joven china que llega a San Francisco para hacerse un aborto. Allí la recibe y la aloja en su departamento el nuevo amante norteamericano de su novio que acaba de ser deportado de China por razones que se desconocen. El director amaga por un momento por concentrarse en esta extraña pareja, con el novio evocado por ambos formando un tercer lado in absentia del triángulo: allí podría haber habido una comedia política interesante pero la tendría que haber filmado Fassbinder. Se decide, en cambio, por dedicarse enteramente a seguir a la chica, sin pizca de humor (ninguna comedia, entonces, y menos política) mientras el personaje masculino se evapora de la trama sin más trámite. En principio, Sasha quiere abortar pero no está tan segura. En el camino flirtea con una cantante de karaoke, esa pasión asiática. Bastante previsiblemente la cámara la seguirá en las horas previas a la cita que tiene concertada en una clínica para realizarse la intervención, casi como si de una especie de martirologio se tratara. Nada nuevo bajo el sol aunque peor hecho que otras veces. El uso del registro en video le proporciona a la película la coartada de un cierto efecto de inmediatez, como si de la precariedad material del film (el soporte, diríamos) el espectador se viera obligado a inferir y dar por sentado el carácter provisorio, inasible del tema tratado y, por tanto, de su verdad última.

Sin embargo hay algo que se relaciona con esto y que resulta sumamente enojoso en La princesa… Se trata precisamente de la mixtura entre aspecto y tono que la película exhibe con una seguridad rotunda, como si fuera un emblema inapelable, un certificado de autenticidad. Es que es evidente que Wang parece haber advertido a esta altura los beneficios de una suerte particular de homogenización de la que algunos filmes hacen uso y abuso, casi un patrón formal y narrativo, y que les sirve por ejemplo para pasearse por los festivales de cine del mundo con alguna comodidad. No debe ser del todo casualidad que la película incluya en su banda de sonido Hope There´s Someone, la misma canción de Antony & The Johnsons que aparecía en La vida secreta de las palabras, aquel film igualmente inocuo y vano de la globalizada Isabel Coixet, con el que La princesa… comparte asimismo esta categoría que podríamos pasar a llamar qualité indie. Una cierta destreza fotográfica (por ejemplo, la chica protagonista es poseedora de una belleza un tanto anónima que da bien en cámara; la esquina de un barrio feo de San Francisco, así como un cielo de azul desteñido, pueden convertirse en objetos dignos de ser retratados por la lente) y un tema grave y convenientemente sórdido van de la mano en la fórmula que utiliza Wang. In Between Days, otra película reciente vista en el Bafici en el año 2007, con su niña asiática igualmente desarraigada, con su laconismo y su previsible sucesión de planos gélidos, exánimes, se ahorraba la gravedad y la sordidez pero apuntaba claramente a la misma clase de prestigio esterilizado que La princesa… (y habría que agregar que lo hacía de manera tan eficaz que incluso ganó un premio importante en ese festival).


Wang ha declarado que ve a su protagonista como representante de la nueva generación de jóvenes chinos, pero es notable la falta de espesor político de su película, así como la liviandad con la que el guión se saca de encima el asunto con dos o tres líneas de diálogo al paso. Sasha parece más bien un arquetipo de cierta sensibilidad contemporánea, no necesariamente china. La película la sigue con algo de buen nervio mientras ella va errando de aquí para allá, ajena y desvalida, incapaz de establecer un vínculo cualquiera más allá de su cuerpo preñado, pero que no alcanza para remontar la desalentadora medianía del conjunto. Wang no se priva, además, de un sorprendente pasaje aleccionador, casi un institucional sobre salud reproductiva, y de un último, etéreo plano en el que parece jugarse definitivamente el corazón del programa estético de la
película así como su moral new age.

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