Jackass 3D
Año: 2010
Origen: Estados Unidos
Dirección: Jeff Tremaine
Guión: Preston Lacy
Fotografía: Lance Bangs, Dimitry Elyashkevich, Rick Kosick
Edición: Seth Casriel, Matt Kosinski, Matt Probst
Duración: 94 minutos
por Ezequiel Boetti
Las dificultades para un abordaje analítico de películas como Jackass 3D surgen no sólo de las prestaciones cinematográficas del producto (se trata de un loop infinito de golpes, asquerosidades y truculencias pergeñadas por un grupo de amigos que de buenas a primeras ponían su idiotez al servicio de una cámara) sino porque podría considerárselo hasta impertinente. Porque Jackass es más un acto pasional que una manifestación artística, y su visionado es un acto de militancia a favor del humor más craso y estudiantil que propone Knoxville y su séquito de masoquistas. Una breve recapitulación de su historia bien sirve para contextualizar el fenómeno.
Surgida hace diez años en la pantalla de MTV por una intromisión con los tapones de punta de su líder en el cerrado mundo del periodismo (lean esta muy interesante nota ), Jackass pasó a la pantalla grande en 2002 con Jackass: The Movie. La fórmula era similar a su vertiente catódica: más y más tonterías, pedos, vómitos, pintura, culos, patadas, piñas, lanchas, agua, bicicletas, skates, víboras, toros, motos, sudor y excremento, entre otros tantos y tantos fluidos corporales y no tanto. Vilipendiada por la crítica que no entendía cómo miles de fanáticos practicaban el rito cinematográfico con un exponente indigno de esa plataforma, la taquilla creció hasta los ochenta millones de dólares. La industria norteamericana, siempre tan adepta al conservadurismo y la corrección, poco sabe de pruritos morales cuando los números cierran, y menos de un lustro después el estudio Paramount y MTV motorizaron una continuación. Tanto o más extrema y escatológica que la primera parte –no por nada hay un cameo de John Waters, fanático confeso de la serie–, los pésimos comentarios no hicieron mella en su éxito y recaudó algunos millones más que su predecesora. Sin aire en televisión desde hace un par de años debido a las incontables denuncias sobre imitaciones fallidas de sus fanáticos, con sus integrantes tratando de forjarse una entidad autonómica (el líder de la trouppe Johnny Knoxville protagonizó Hombres de Negro II, Adictos al sexo y El farsante, entre otras; Chris “Party Boy” Pontius tiene un rol secundario en Somewhere), los muchachos decidieron juntarse para celebrar la primera década de vida y rodaron la tercera parte de Jackass.
Como en sus vertientes previas, la propuesta polarizó, polariza y polarizará opiniones entre aquellos que denigran la gratuidad de la violencia y el maltrato físico con el único fin de una diversión pura aunque para ellos inentendible; y los otros, quienes encuentran –encontramos– un placer inexplicable en la condición larval de travesura adolescente amplificada por la picardía del registro público. Porque de eso se trata, de una larga joda sabatina eternizada en el fílmico motorizada por la inmensa alegría del golpe ajeno: Jackass 3D es otra férrea comprobación del no envejecimiento del slapstick, la prueba más válida de que no importa cuánto avance la tecnología, qué tan rápido podamos comunicarnos o de qué forma varíe la forma de registro audiovisual, un golpe ajeno en el momento justo y en la parte de cuerpo indicada es imbatible.
Pero no sólo se trata de la búsqueda de la risa del espectador-voyeur, sino también de los propios participantes. En una de las decenas de pruebas, Knoxville ríe a carcajada limpia y suelta una afirmación indispensable para entender la concepción de este producto. Él dice algo así como “qué feliz me hace” o “qué bien la estoy pasando”. Jackass no es ni más ni menos que una película transmisora de la alegría inocultable de quienes la conciben, un producto surgido de la matriz pasatista de unos adultos que plantan una resistencia al paso del tiempo no con recuerdos fútiles ni nostalgias impertinentes, sino celebrando la amistad mediante las vejaciones de sus cuerpos obesos o raquíticos, flácidos o torneados, altos o bajos. Y bajo esa locura también palmita un curioso mensaje inclusivo que se contrapone a la autoexclusión de gran parte del público para con esta propuesta. Porque aquí la preponderancia del físico excede su forma, no hay posibilidad de divertimento sin la aceptación plena de los defectos y virtudes propios y ajenos. Bien sirve el ejemplo de la escena donde un grupo de enanos ficcionaliza una pelea en un bar, con médicos y policías incluidos. Impredecible, eficaz, desprejuiciada, los méritos no sólo radican en la emanación de gracia a cada segundo sino en la autoconciencia del cuerpo de quienes participan allí, quienes optan por dinamitar prejuicios y discriminaciones simplemente riéndose de estas, tomándolas y sabiendo de su existencia, sí, pero para implosionarlas desde el núcleo mismo de la sinrazón. Queridos Johnny Knoxville, Steve-O, Wee Man, queridos idiotas, queridos anti-hijos modelos, felices diez años. ¡Qué sean muchos más!

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