Bafici – Martes 13 de abril – Sexto día
Hoyts Abasto. 10:15. Hacerme feriante (Argentina – 2010 – 94’). Dirección: Julián d’Angiolillo. Guión: Julián d’Angiolillo.
Todos conocemos la feria de La Salada, incluso los que nunca estuvimos ahí: sobre todo la televisión (a través de los noticieros y programas de investigación), pero también el boca a boca, fueron los principales canales mediante los cuales nos fuimos enterando con el tiempo de la existencia de la feria. Bueno, resulta que, gracias a esa cualidad propia del cine de develar zonas grises o directamente ocultas del mundo, caemos en la cuenta de que no conocíamos nada. Hacerme feriante traza un recorrido increíblemente abarcativo, que va desde la historia de La Salada y su pasado de balneario hasta la actualidad y el día a día de la feria. Su carácter de mercado abiertamente ilegal (el tema que privilegiaron los medios de comunicación) es velozmente corrido a un lado por d’Angiolillo: a través de un texto filmado en internet, la denuncia internacional del enorme volumen de irregularidades comerciales es contrastada y en cierta medida equilibrada por un testimonio anónimo (también conseguido en la red) que trata a los responsables de la denuncia de “transas” y “corruptos”. Despachado así de rápido el asunto, la película puede dedicarse libremente a esbozar un recorrido histórico por la laguna ubicada en el partido de Lomas de Zamora (que, según parece, estaba destinada a ser una geografía populosa en constante movimiento y expansión, como lo muestran las imágenes de archivo de los tiempos del balneario) y a la exploración del predio y del complicado sistema que lo mantiene operando. Desde el carácter infinitamente laberíntico (casi borgeano) que constituyen las instalaciones, hasta el equilibrio endeble que parece sostener unidos a los ocupantes de los puestos frente a las autoridades (una asamblea caótica es la máscara democrática que se le adosa a la toma de decisiones, claramente impulsada por los administradores), La Salada se revela como un lugar rico en contradicciones y detalles insólitos, un espacio que de a ratos parece regirse por reglas propias, diferentes a las del resto de la sociedad. Es llamativo como el director, si bien bajo la distancia segura del documental, practica una suerte de acercamiento a ese mundo tan particular ya desde los títulos del comienzo, cuando la película se apropia de la estética de los afiches de películas truchas. Ese acercamiento puede apreciarse también en una inspección que no busca el impacto fácil o el detalle pintoresco sino los signos de un fenómeno social irreductible en su complejidad y riqueza: el enorme y artificial colorido que exhibe el paisaje; el tránsito imposible y a altas velocidades de los carritos que reparten mercadería entre los puestos y que circulan como mágicamente por entre la gente y los estrechos pasillos de los puestos; la apertura nocturna de la feria, un momento calculado y ensayado hasta el hartazgo que, debido al gigantesco caudal de gente que llega en oleadas a los puestos, de todas formas resulta ser inmanejable; la imagen de los micros vacíos estacionados de cualquier forma, como si el estacionamiento se hubiese convertido en un espacio desregulado, sin normas; las diferentes negociaciones entre algunos feriantes y el intendente, escenas antológicas que despojan de cualquier posible atisbo de grandiosidad al ejercicio de la política, etc. Todo esto y más era lo que no sabíamos de La Salada, la feria que ahora (incluso los que nunca estuvimos ahí), gracias al cine, conocemos mejor que antes. Diego Maté
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Hoyts Abasto. 13 hs. The Agony and the Ecstasy of Phil Spector (Estados Unidos – 2010 – 102´). Dirección: Vikram Jayanti. Guión: Vikram Jayanti
No quiero que Phil Spector vaya preso. Pero de a ratos sí quiero. Lana Clarkson parece, en las pocas imágenes en las que se la puede ver, una actriz de fuste, un personaje simpático y una mujer hermosa. Lo único que tiene en contra es que está muerta. El célebre productor musical Phil Spector enfrenta en la película un cargo por asesinato. Nada se sabe a ciencia cierta acerca de su culpabilidad, sin embargo. Que la sangre sí, que la sangre no. Que restos de materia orgánica que deberían estar pero que hasta ahora no. Son cosas de los forenses, que tampoco se ponen de acuerdo. En realidad las alternativas del juicio se entienden poco y nada en la película. Y a los directores parece que no les importa una goma. Porque “la agonía y el éxtasis” de Spector, como las del título de la película de Carol Reed sobre Miguel Ángel, una de las figuras olímpicas con las que Spector continuamente se compara a sí mismo, se relacionan menos con este incidente policial (uno de los tantos que tuvo, en verdad) que con una herida interior profunda, inconsolable, que es causa de su encumbramiento y acaso también de su caída. Pero, ¿quién es Phil Spector, en definitiva? Como todo documental que se precie centrado en el retrato de un personaje, por modesta que sea su factura y moderada su ambición, nos lo informa. Spector importa en su calidad de sultán de la melodía, enamorado del sonido de las cuerdas, de los flautines, de esos instrumentos de viento que nunca se sabe cómo diablos se llaman, de los timbales. Inventó a las Ronettes, produjo a Ike & Tina Turner y esa catástrofe bella y melancólica que es el disco Let It Be de los Beatles. También a John Lennon. Concibió la famosa “pared de sonido” (si no saben qué es, escuchen la canción The Long and Winding Road para enterarse). La película ofrece testimonios de la increíble megalomanía de Spector de su propia boca y escarba en el incurable dolor del hombre cuya singularidad esencial lo aleja del mundo y de los otros. El director no inventa la pólvora pero le da un nombre a una pequeña tragedia del mundo del espectáculo en la que el genio y la ambición sin límites parecen los instrumentos con los que se consuelan la humillación y el abandono. “Fíjense que Ellington se hacía llamar Duke. Como tenía que remontar su origen negro debía por fuerza convertirse a sí mismo en un duque, mostrarles a los demás que él estaba por encima”, dice Spector, que ahora es una celebridad y que antes fue un niño judío de clase baja al que continuamente le daban golpizas en el colegio. Cuando la película muestra imágenes de Lana Clarkson musicalizadas con Woman Is The Nigger of The World (la eterna grabación de Lennon producida por Spector) la película exhibe un aire auténticamente dramático y el peso de la tragedia que antes se insinuaba se muestra en toda su incomunicable opacidad. David Obarrio
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Hoyts Abasto. 14.15. Somos nosotros (Argentina – 2010 – 70’). Dirección: Mariano Blanco. Guión: Mariano Blanco.
El universo de Somos nosotros es uno adolescente y eminentemente masculino (que no es lo mismo que machista). En ese universo, los chicos de la película de Mariano Blanco tienen una relación conflictiva con sus respectivas chicas/novias/amantes (nunca llegamos a saber qué clase de relación tienen unos con otros). El episodio más entretenido es el de Lorenzo, incapaz de llevar a buen término una salida con (posiblemente) su novia. Ella, notoriamente molesta con la situación, y él, preocupado únicamente por conseguir un lugar para que se puedan acostar, forman una pareja que nos regala más de una escena memorable, como cuando ya habiendo conseguido una habitación, se ponen a hablar sobre escupitajos en el balcón y a testear sus habilidades en la materia, o cuando en el momento inmediatamente previo en el que Lorenzo consigue gratis, a través de un amigo suyo, la habitación en cuestión, para llegar a ella deben atravesar una enorme cantidad de pasillos y otras habitaciones (incluso llegan a correr un mueble para abrir una especie de puerta secreta). La segunda parte de la película, que hace foco en un personaje que busca sin éxito a una tal Ana, a la que nunca alcanzamos a ver, ensaya un clima de desolación asfixiante y por momentos el tono de vacío parece forzado merced a todas las cosas malas que le pasan al protagonista (no consigue monedas para llamar, Ana no le contesta el teléfono, le roban una parte de la bicicleta, un amigo no lo quiere acompañar a una fiesta, etc.). Más allá de la historia de cada uno, ambos relatos se cierran de igual forma: después de los respectivos fracasos amorosos (Ana nunca es hallada y Lorenzo deja sola a su chica en el hotel), el punto de encuentro para los dos es el mismo: los amigos (donde no hay lugar para las mujeres, salvo por una sola chica que parece callada y no ocupa un lugar muy femenino dentro del grupo), el skate, las cargadas mutuas. Al final, lo que queda siempre es la vuelta infinita a ese mundo joven ya conocido, seguro, donde casi pareciera no haber conflictos, peleas o malos entendidos, sino una conexión entre amigos infalible, única. Ellos son los nosotros del título, punto de convergencia obligado de la película y sus protagonistas. La escena final de la playa, de una poesía inesperada dentro del esquema estético de la película, sella ese pacto tácito entre hombres y delimita una geografía evanescente (sentimental, generacional), donde las mujeres ni siquiera alcanzan a ocupar el lugar de un mal recuerdo y en la que no falta algún roce sutil con un homoerotismo silenciado. Diego Maté
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Hoyts Abasto. 16:45 hs. El olvido (Holanda, Alemania – 2008 – 93’). Dirección: Heddy Honigmann. Guión: Heddy Honigmann, Judith Vreriks, Sonia Goldenberg.
El olvido comienza con un plano delicioso: un bartender explica, al tiempo que lo realiza, cómo se prepara el verdadero Pisco Sour peruano, lo relata pausada y musicalmente, didáctico, mientras, en una coctelera imaginaria va introduciendo todos los ingredientes de la historia política peruana que dan como resultado un “mal cóctel”: corrupción, dictaduras, golpes, desidia y todas esos elementos que nosotros tan bien conocemos. Honigmann pregunta cosas sencillas acerca de los sueños, los recuerdos. Habla de “recuerdos bonitos”, no pretende de sus entrevistados tratados sociológicos sobre el país, sino vivencias personales e íntimas de ese pequeño puñado de gente a la que acompaña con su cámara: un mozo tan antiguo como el bar en el que trabaja, una camarera, un lustrabotas, dos nenas que hacen piruetas en los semáforos, y algunos más, todos relacionados, de una manera u otra, con vender u ofrecer servicios, gente, trabajadora y humilde, que está en permanente contacto, a su vez, con otra gente, que tiene una sensibilidad especial para percibir al otro. A partir de las respuestas se puede conocer y construir el pasado (allí también está el recordatorio de los presidentes de los últimos años). El olvido dice mucho del mundo de la mano de estos cálidos personajes, como esa nena que día a día hace la medialuna sobre la senda peatonal a cambio de algunas monedas y su sueño es ser gimnasta olímpica. En el último plano de la película, delicioso como el primero y profundamente conmovedor, Honigmann acompaña a esa nena mientras va de un lado para otro frente a los autos, acalla el tránsito, pone música por primera vez, y le regala, por un ratito, ser gimnasta olímpica. Laura Gehl
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Atlas Santa Fe. 17:15 hs. La cinta blanca (Francia, Alemania, Italia, Austria – 2009 – 144’). Dirección: Michael Haneke. Guión: Michael Haneke
La última película de Michael Haneke transcurre entre 1913 y 1914 en una aldea del norte de Alemania. El rigor protestante de la comunidad genera una construcción social falsamente homogénea y funcional en la que cada uno ocupa su lugar, desempeña su papel y no sobrepasa su condición. Pero el orden es minado poco a poco por una anarquía profunda que revela la verdadera naturaleza de la sociedad. Los padres, cuyo poder es garantía de autoridad, son sobrepasados por los acontecimientos, que asumen el aspecto inquietante de una condena eterna. Debajo del título de la película aparece la leyenda “Eine deutsche Kindergeschichte”, (Una historia de niños alemana), escrita en cursiva Sütterlin, grafismo enseñado a los alumnos alemanes hasta 1941 y símbolo de la pedagogía tradicional. Los rostros indescifrables de esos niños rubios son el centro del misterio, partículas indefinidas alrededor de las cuales se mueven cuerpos más grandes: los adultos y las instituciones, la iglesia, la nobleza, la escuela, la medicina y la policía. La intriga crece, pero en lugar de encontrar una respuesta descubrimos las miserias de los habitantes del pueblo. La brutalidad del pastor y del regente con sus propios hijos determina la supresión de los deseos y la voluntad, la sumisión al orden familiar, social y religioso. La elección del blanco y negro acentúa la distancia en el tiempo y marca el ahogo de las pulsiones y de los sentimientos. La impecable reconstrucción histórica va en la misma dirección, asimilando la incomodidad de la vida diaria a la fealdad de la arquitectura y de los mobiliarios. La extensa profundidad de campo, las hábiles elipsis y la ausencia total de música extradiegética constituyen a una puesta en escena rigurosa que sirve para descubrir las verdades desagradables que yacen bajo el barniz de civilización. Aunque paradójicamente, su forma majestuosa, el sublime banco y negro, la perfección cromática y los extensos planos fijos contribuyen del mismo modo a enredar la mirada, distraer el sentido y propagar una extrañeza inquietante. Aníbal Perotti
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Hoyts Abasto. 18.45. Antonio Das Mortes (Brasil, 1969. 100’). Dirección: Glauber Rocha. Guión: Glauber Rocha
Igual que en el tema del mismo nombre que el gran Gato Barbieri compuso inspirado en la película de su amigo Glauber, Antonio Das Mortes se trata, antes que nada, de convulsión y emoción. Para seguir con los juegos de palabras, en el cine del director la política de los autores tiene el acento bien puesto en la palabra política. Antonio Das Mortes es una figura mítica acuñada en algún pliegue del floklore del sertao brasileño de la primera mitad del siglo veinte. Mitad santo y demonio, bandido, justiciero, parco y cruel, Antonio se desliza por los planos terrosos y estremecidos de esta película única con un rifle en la mano. Mezcla de pesadilla y sueño diurno, vestido de negro y tocado con un sombrero, Antonio es testigo del carácter mezquino de los ricos y de la indolencia de los pobres que están bajo el dominio provisorio de aquellos. Su cambio de bando, de matador de “cangaceiros” contratado por las autoridades a justiciero paria prácticamente no se explica. Rocha ha tenido siempre la inteligencia suficiente como para que en su cine la ambigüedad sea un estallido, un resplandor que se vierte sobre las imágenes de sus películas dotándolas de una casi infinita incomodidad e intransigencia. No se sabe si importa más la política o la poesía, pero en el cine del director brasileño la poesía es capaz de cualquier cosa, incluso de matar. Antonio Das Mortes está atravesada por colores y música hermosos y su legado podría ser el estrepitoso mandato de un cine emancipado que se agita y que escandaliza. Por muchas cosas, y entre ellas la capacidad o la ilusión de ser siempre nuevo, siempre a la espera del otro y del futuro. Antonio Das Mortes es menos un manifiesto que viene a terciar en la lucha de clases que la muestra del esplendor casi insultante de un artista salvaje en el pico de su fuerza y su asombrosa sensibilidad. David Obarrio
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Hoyts Abasto. 23:30hs. Summer Wars (Japón – 2009 – 114´). Director: Mamoru Hosoda. Guión: Satoko Okudera.
Este largometraje de animación dirigido por Mamoru Hosoda, realizador responsable de films y capítulos televisivos sobre Digimon, la película One Piece y la simpática y correctamente animada The Girl Who Leapt Through Time, nos propone recorrer la naturaleza virtual de OZ, una especie de híbrido entre Second Life, The Sims y Facebook (con su aplicación de buddypoke como estrella principal si tenemos en cuenta la presencia de numerosos avatares en la película), intercalando esa experiencia de viajes y luchas a través de un cosmos cibernético de maravillosos colores y formas con el humor y el sentimentalismo, a veces devenido discurso aleccionador y sensiblería, de un mundo real centrado en una familia con estereotipos sumamente definidos (sobre todo el de la abuela, Sakae). La historia que articula el desarrollo del film no es muy sorprendente que digamos, en especial si tenemos en cuenta las temáticas que tratan los anime más recientes como la colosal Paprika de Satoshi Kon: es que en OZ, una criatura poderosa denominada “Love Machine” desea conquistar todo aquello que esté a su alcance para luego destruir el mundo (real), mientras es guiada por un deseo lúdico incontenible que la arrastra a convertirse en la I.A. (inteligencia artificial) más peligrosa que se haya creado sobre la faz de la tierra; una responsabilidad de su creador, Wabisuke (especie de Spike Spiegel sin carisma). Lo que más se disfruta de Summer Wars, sin duda alguna, son las escenas que transcurren dentro de OZ. Instancias en donde se mezcla la animación tradicional con aquella digital de manera impecable, logrando una sensación de profundidad extraordinaria en relación a los espacios por donde se desplazan las representaciones de los usuarios del programa. Y esos espacios conforman un vacío, una nada color blanco y negro que magnifica la dimensión de ciertas figuras artificiales (la forma definitiva de Love Machine nada tiene que envidiarle a la del inmenso Diablo de Fantasía) y acentúa el carácter absurdo e hilarante de otros avatares (el de Kenji se lleva todos los aplausos). También hay que destacar el excelente trabajo de Yoshiyuki Sadamoto (Neon Genesis Evangelion y The Girl Who Leapt Through Time) en la creación y animación de personajes: todos dotados de una fuerte expresividad, tanto a nivel facial como corporal. Ezequiel Villarino

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