Medusas (Meduzot / Les méduses)
Año: 2007
Origen: Israel, Francia
Dirección: Etgar Keret y Shira Geffen
Guión: Etgar Keret
Intépretes: Sarah Adler, Nikol Leidman, Gera Sandler
Fotografía: Antoine Héberlé
Música: Christopher Bowen
Edición: Sasha Franklin, François Gédigier
Música: Christopher Bowen
Duración: 78 minutos
por David Obarrio
Esta película israelí dirigida a cuatro manos gasta una retórica puesta enteramente al servicio de una idea peregrina. La vida es un valle de lágrimas, dice en un libro famoso. Y la vida en una ciudad moderna mejor no te cuento, se olvidó de decir. No queda otra entonces que dedicarse a mirar a esa criaturitas de Dios, oír sus quejas, ver cómo se arrastran en absurdos derroteros, transidos de pena y convenientemente envueltos en sus pequeñas miserias domésticas. Y qué mejor que una película con estructura “coral” para diagramar con mayor eficiencia ese malestar, otorgándole a cada uno su parte equivalente de insatisfacción y estupor ante lo que los rodea. Medusas no termina de ser cine pero trafica con su repertorio de imágenes tomado de la publicidad como si lo fuera. Es decir, hace como que mira, hace como que piensa, hace como que descubre. Entre tanto, ofrece una visión del mundo en la que un cinismo predigerido se hace pasar desvergonzadamente por desencanto y sofisticación. En Medusas, todos los personajes parecen tener algo de animal que repta, que se sofoca y padece en el calor despiadado de Tel Aviv. Cuando esos animales humanos que son los protagonistas de la película duermen, el sueño les devuelve casi fatalmente una escena revestida de emanaciones freudianas en donde las desdichas presentes en la vigilia encuentran un trasfondo que al espectador debería hacerle gritar ¡eureka! en la oscuridad de la sala. En cambio cuando sueño y realidad se encuentran y sus capas parecen superponerse en una zona intermedia digna de alguna terapéutica New Age (como cuando la chica que había tenido una pesadilla en la que su madre despachaba al heladero sin comprarle al final el cucurucho prometido se topa en la vida real con un heladero que viene hacia ella) la película termina por volverse el puro simulacro de cartón pintado que anunciaba muy a su pesar. Sus planos feos, de una torpeza manifiesta, están al servicio de un psicologismo de entrecasa mediante el cual el dolor esencial del mundo encuentra su explicación pertinente y su inesperada atenuación.

David,
Lapidario! Un sólo párrafo fue suficiente para acabar con la película (que no vi y que no veré). Me gusta la síntesis (a veces menos es más)
Beso
Mononoke
febrero 2, 2010 a las 11:13 am