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Lejano (Uzak) – Estreno en DVD ampliado

Publicado por Cinemarama en Noviembre 3, 2009

Lejano - Uzak - CinemaramaAño: 2002
Origen: Turquía
Dirección: Nuri Bilge Ceylan
Guión: Nuri Bilge Ceylan
Intérpretes: Musaffer Ozdemir, Emin Tropak, Zuhal Gencer
Fotografía: Nuri Bilge Ceylan
Edición: Ayhan Ergursel
Duración: 110 minutos

por David Obarrio

Pero una cara se borra
comenzando por los ojos
que caen como gotas de lluvia en la boca del tiempo.
Ricardo Zelarayán
, El hombre del poncho blanco

No sabemos nada del cine turco. O prácticamente nada. Hasta hace algunos años, cuando como una exhalación apareció Ceylan, sabíamos todavía menos. Su nombre se impuso rápido, tanta era la avidez de conocimiento acerca de qué se cocinaba en Turquía como fuerte es la pasión por la novedad que anima a los buscadores de pepitas de oro para presentar, convenientemente arropadas, en los festivales de cine. A partir de aquel momento el hombre es un abonado, su carta de ciudadanía se exhibe en el firmamento de los cineastas consagrados. Pacientemente desde entonces, Ceylan nos ha enrostrado su falta absoluta de complacencia y su mala onda, es decir, su cine. No está mal. Sus planos son de una belleza extrema (el tipo es un consumado fotógrafo, además) y todo el tiempo se advierte la astucia del esmerado artista que hay detrás de la cámara en pos de su objetivo: cómo lograr mostrar el mayor grado de irritación por el mundo y por todo lo que hay en él con la mayor plasticidad visual posible. No se sabe si el director encontró la fórmula definitiva pero es probable que haya logrado algo que se le parece bastante. Las largas tomas de Lejano proporcionan un placer estético inusual con el que la película consigue llegar a un acuerdo provisorio con la aridez de su argumento, no sabemos con cuánto de autobiográfico. En una zona acomodada de Estambul, un fotógrafo de mediana edad vive rutinariamente, solo en su alma. Alguna vez quiso ser un artista de la fotografía; también tuvo mujer y amante. Ahora no aspira a nada ni tiene a nadie y solo se deja estar mientras el mundo discurre a su alrededor, cada día un poco más viejos los dos.

¿Se trata en verdad de un mundo en descomposición o un mundo prescindente, es decir una representación que continúa tan tranquila su curso cuando nos hemos bajado ya del escenario? La amargura de Lejano es intensa. Precisamente, está marcada por la ausencia o la imposibilidad de todo contacto, por el fracaso ontológico de toda relación, con las cosas o con el otro. Solo parece quedar una mímesis de humanidad en la película, los restos fósiles de una forma de estar en el mundo, apenas atisbados en el horizonte de la memoria: un juego de espías en el que el ser amado pertenece casi al orden de lo fantasmático, como figura que se nos escapa, siempre a un punto de desmaterializarse delante de nuestros ojos; un vestigio que si acaso es capaz de conservar algo de su antiguo esplendor vital es solo porque una parte de nuestra voluntad (aunque sea ínfima) porfía desesperadamente para que así sea, embarcada en una especie de militancia de la preservación en la que el cuerpo ausente se confunde con la materia siempre decepcionante del sueño. Como si fuera un experto en movimientos sísmicos, Ceylan parece empeñado en auscultar el mundo. O mejor, Estambul, o sea una porción perpleja del mundo, debatida entre el viejo oropel de un fasto oriental que se agita en el recuerdo y este occidente desdeñoso al que se ha accedido a hurtadillas a través del patio trasero. El director mira con atención las oscilaciones de una tierra negra para ver qué encuentra, a ver qué clase de revelaciones le salen al cruce.

Es que en Lejano importa menos la figura del artista paralizado en sus impulsos creativos, en su falta de estímulos o de señales de inspiración, que la del hombre anclado en el vacío de un presente sin fondo: de algún modo (parece que Ceylan siempre lo hubiera sabido, a juzgar por sus películas), el tiempo presente desconectado, convertido en un fragmento volátil del universo, produce zombies, que gustan de entregarse al vagabundeo eterno o a la contemplación acrítica de lo que los rodea: Mahmut, el protagonista de Lejano, mira un video de Stalker, de Andrei Tarkovsky, como si fuera un autómata. Solo Ceylan, en su papel de demiurgo cruel, en verdad un poco fatuo en el ejercicio severo de su potestad (un “lesser god”, diría Tenessee Williams) parece advertir la rabiosa, desesperada comicidad de la escena, en la que se conectan “la zona” del director ruso y esta ciudad en la que, como en la Edad Media, el blanco representa a la muerte, pero que carece por completo de misterio alguno, básicamente porque no hay deseo sino aquel constituido como reflejo que se satisface a escondidas, cambiando inopinadamente a Tarkovsky por una película porno en la media luz del living.

Entonces, recapitulemos brevemente. Mahmut es un burgués, ex artista, que se gana la vida en una ciudad cosmopolita fotografiando baldosas para una compañía constructora. De golpe, le cae en la casa Yusuf, un primo llegado de algún pueblo de provincia. El visitante está sin trabajo y no parece que vaya a encontrarlo en lo inmediato. Como en una comedia frustrada, en la que la risa se suspende arrepentida en la garganta, o se sustituye por el desasosiego que irrumpe como producto de la súbita evidencia del absurdo de la existencia, los dos hombres viven observándose mutuamente, recelosos e incómodos, incapaces de generar entre sí la menor corriente de afecto. En Lejano, todo sentimiento parece un signo de interrogación, un secreto que los hombres intuyen en los intersticios de la cotidianeidad pero del cual no alcanzan a obtener un significado cabal, como si se tratara de los caracteres danzantes de algún idioma antiquísimo al que es imposible reconocer por más empeño que se ponga en la empresa.

De modo correlativo, el director turco parece querer conjurar un mundo de espectros en continua errancia por el paisaje blanco de Estambul en invierno. Yusuf sigue a una vecina por plazas y paseos, para terminar observándola escondido atrás de un árbol cuando ella parte de la mano de su novio. Más tarde, la figura helada de Yusuf se recorta contra la ruina imponente de un barco encallado en el Bósforo, a un tris de dar una vuelta de campana. Lejano se trata de impotencia, frustración e impasibilidad ante un mundo cuyos signos se vuelven inteligibles sin que se pueda hacer nada para remediarlo. Solo que al revés que en el optimismo celebratorio de su compatriota Orhan Pamuk (levemente oportunista, todo hay que decirlo), para Ceylan la memoria no alcanza a alumbrar el presente, a darle un poco de calor a la trágica experiencia diaria en la que cada objeto ofrece testimonio de la lógica incomprensible de la vida, sino que por el contrario insiste en operar como punción, como dolorosa confirmación y clausura de un presente sin punto de fuga a la vista. Cuando es Mahmut el que espía esta vez a la que fue su mujer (y a quien sigue amando, claro), lista para tomar un avión junto a su marido, parece advertirse definitivamente el paso irremisible del tiempo. El hombre supo ser hace muchos años una persona que ya no es. Ahora es un fantasma al que solo un hilo delgado conecta aun con el mundo. La película de Ceylan es el registro minucioso, casi obsceno en su precipitada insistencia, de cómo todo en derredor adquiere un rostro hostil mientras la insatisfacción se vuelve metástasis, una criatura maldita que avanza ciegamente para acabar de devorarnos incluso cuando estamos soñando.

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