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Identidad sustituta (Surrogates)

Publicado por Cinemarama en Octubre 23, 2009

Identidad sustituta - Surrogates - CinemaramaAño: 2009
Origen: Estados Unidos
Dirección: Jonathan Mostow
Guión: Michael Ferris, John D. Brancato
Intérpretes: Bruce Willis, Radha Mitchell, James Cromwell, Ving Rhames
Fotografía: Oliver Wood
Edición: Kevin Stitt
Música: Richard Murvin
Duración: 88 minutos

por Diego Maté

En Duro de matar lo que mejor caracterizaba al personaje de John McClane (Willis) no era su destreza física o habilidad para combatir a los villanos, sino su obstinada e inagotable terquedad que lo hacía seguir empujando ciegamente hacia adelante aun cuando se encontraba en las circunstancias más adversas. El tipo era una bestia, un bruto entrenado y peligroso pero de buen corazón que al final se graduaba de héroe a los ojos del espectador más por el increíble sufrimiento físico al que debía sobreponerse que por las hazañas que realizaba. El tiempo pasó, y la saga de Duro de matar fue mostrando a un McClane cada vez más viejo (obvio, el tiempo pasó también para él), huraño, conservador y llamativamente ignorante, como si los años le hubieran arrebatado también lo poco de inteligencia práctica que desplegaba en las primeras películas. Identidad sustituta, también actuada por Bruce Willis, parece continuar la leyenda de McClane a través de Tom Greer, otro policía que también se debate en un mundo extraño que no le deja un lugar.

Identidad sustituta relata cómo en un futuro cercano se instala a nivel masivo el consumo y utilización de los “sustitutos”, robots hechos a semejanza del hombre que pueden ser manipulados a distancia por las personas desde la comodidad de sus casas. Los robots resultan ser cada vez más sofisticados y sus posibilidades estéticas y mecánicas mayores, por lo que la mayor parte de la gente empieza a preferir el conectarse a su sustituto para todo, ya sea para salir a la calle, trabajar o divertirse, siempre sin abandonar el hogar. La principal ventaja que ofrece el concepto es que garantiza una total seguridad contra peligros de cualquier tipo: si a un sustituto le ocurre algo, como sufrir un accidente, caerse o recibir un balazo, el “operador” permanece a salvo sin padecer ninguna clase de dolor. En este sentido, claramente el tema sobre el que la película se plantea es el del progresivo empobrecimiento de la experiencia individual y social que trae aparejado el invento. Pero hay que decir que el director nunca llega a establecer el marco para un debate, porque Identidad sustituta se propone como crítica firme y decidida y nunca como discusión (salvo al final, como ya veremos): el uso de los sustitutos es condenado por ser un escape de la vida y el mundo real, y la mayoría de los usuarios son juzgados de alguna forma. El comentario corrosivo de Mostow alcanza incluso a los “dreads”, grupos que se niegan a convivir con los sustitutos y se recluyen en comunidades cerradas, pero que a la vez que rechazan la extensión masiva de la utilización de robots, ellos mismos resultan ser reaccionarios, violentos y fanáticos religiosos.

Y claro, en este universo rebosante de artificio y disfraz, a McClane (perdón, a Greer) se lo ve muy perdido. Frente a tanta cara lisa y brillante, cuerpo esbelto y prendas impecables (todo es posible gracias a la tecnología de los sustitutos), la intransigencia de Greer se juega en las arrugas, la barba y la ropa sencilla con la que sale a la calle. Su mayor dilema lo va a tener con Maggie, su esposa, una adicta perdida a la “sustitución” que no sale nunca de su cuarto. Al adormecimiento de las sensaciones que acompaña el uso prolongado de un sustituto, Tom se resiste con el ejercicio de la memoria a través del recuerdo de la muerte de su hijo: ese dolor insuperable al menos es una prueba de vida, de humanidad. Este es el único camino posible para el personaje: ¿qué otra forma de encontrar un lugar en el mundo puede tener este Greer heredero de la estirpe de John McClane, si no es mediante el esfuerzo y la agonía? El sufrimiento, la vejez y el miedo, todo lo que la sociedad atrincherada en sus casas no quiere enfrentar, Greer lo abraza desesperadamente como gesto vital último: una vez más, Bruce Willis deviene héroe popular, de esos que se ensucian y sienten los golpes, sin hacer demasiado uso del entendimiento. Y esto, justamente, es lo que lo torna polémico: en el final, Greer, en un acto de totalitarismo sin precedentes, tomará él solo una decisión que afectará a toda la sociedad, y allí pareciera que la película sí estuviera corriéndose de su sólida línea ideológica y dejando libre el paso a la duda. Greer, ¿es un héroe, o solamente un facho corto de ideas al que no le interesan lo que piensan los demás? (en la película, la gente en general es feliz gracias a los sustitutos). Llamativamente, en el que podría ser el momento más políticamente cristalizado de la historia, la película se vuelve opaca, se permite cuestionar a su protagonista, y quizás sea en esa escena final, por primera vez en todo el metraje, que Jonathan Mostow le imprime algo de conciencia crítica a su film, sumándole repentinamente un espesor discursivo del que carecía hasta el momento.

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