Bienvenidos al país de la locura (Bienvenue chez les Ch’tis)
Publicado por Cinemarama en Octubre 22, 2009
Año: 2008
Origen: Francia
Dirección: Dany Boon
Guión: Dany Boon y Alexandre Charlot
Intérpretes: Kad Merad, Dany Boon, Zoé Félix, Anne Marivin
Fotografía: Pierre Aim
Edición: Luc Barnier y Julie Delord
Música: Philippe Rombi
Duración: 106 minutos
por Ezequiel Villarino
Atención: se cuenta el final de la película
Primera degustación (a vaso lleno). Como preludio habría que hacerle caso al afiche del film y abrazar, en éxtasis, alguna botella de vino. Tal acción, al menos, podría conducirnos a vaciar su contenido y de esta manera llegar a un estado de ebriedad pleno, lo que nos aseguraría algún tipo de disfrute para entrar al universo de los beodos y así intentar pasarla bien con esta película titulada en nuestras tierras como Bienvenidos al país de la locura (si alguien encontró la locura, por favor avise). Traducciones de títulos originales a frases o palabras pésimas y tramposas las hay por todos lados. Pero esto es el colmo. Quiero decir: si al menos en el relato dirigido y coprotagonizado por Dany Boon (ahora que escribo Boon, me pregunto dónde demonios está el “Boom” que hace que este film sea el de mayor éxito en recaudaciones de toda la historia cinematográfica de Francia) existiese algo de absurdo o de hiperbólico que funcione dignamente todo sería distinto y la película podría valer un poco la pena, ya que no alcanzan los mejores minutos en donde uno de los personajes, por ejemplo, intenta dispararle falsamente a un gato para luego indicar que la carne del felino se ha convertido en el plato principal de la cena (una vuelta al “clisé animal”, digamos). Un momento, por ahí he dicho “pena”: sensación por la cual uno transita constantemente al observar semejantes criaturas, tanto del norte como del sur, hacer lo que mejor saben hacer: ser penosos. Pero mejor vayamos por partes, que de tanta pena que me da me voy a arrepentir de estar escribiendo esto y voy a comenzar a “empinar el codo” con el único objetivo de quedar inconsciente para evitar tamaña tarea.
Segunda degustación (el tinto pegó fuerte, y encima no se entiende nada). La película de Boon es una comedia de situaciones, de enredos, con algunos gags y ciertos momentos de humor físico. Hay un poco de slapstick en un breve lapsus, aunque ese instante es demasiado efímero: vean la escena del divertimento de los ebrios en bicicleta, todo un indigno retorno al “clisé de la mamúa sobre dos ruedas”. Nada nuevo si uno recuerda, salvando las diferencias en calidad de nombres, las andanzas de Mr.Bean, las películas de Blake Edwards con Peter Sellers o las performances de Steve Martin. Pero también hay algo de amor en el aire, claro: corazones rotos, desencanto y reencantamiento amoroso, heridas por mentiras piadosas y miradas tontuelas en plano y contraplano que parecerían querer conmover (si alguien se conmueve con esos rostros, por favor vuelva a avisar). Bárbaro: tenemos una “comedia romanticona”, entonces. Una aventura amorosa superficial, tonta e ineficaz, donde lo romántico se presenta como algo gélido y secundario, sometido a la gracia o, mejor dicho, desgracia del humor sepultado bajo cantidades obscenas de convenciones genéricas. De todas maneras, resulta todavía mucho peor observar las desventuras de Philippe (Kad Merad), hombre que hace todo lo posible por progresar como, valga la redundancia, toda idea de progreso dicta. Es que el hombre en cuestión debe moverse siempre para adelante, haciendo lo que puede hacer sin mirar atrás, como el cierre del film indica. Pero existe algo aún más importante: el valor de las palabras, de lo dicho, de la oralidad, las maneras y formas de decir aquello que se dice y la confrontación entre dialectos de dos zonas de Francia. Sí, todo muy verborrágico. La cuestión es que para disfrutar por completo del sentido de los diálogos uno debería ser francés o, al menos, conocer el idioma. De lo contrario, la ridiculez del subtitulado hará de esta mala experiencia algo mucho peor. Imaginen leer durante más de una hora y media frases como las siguientes: “Che vach a quedar en cacha de mi mamá”, “Ech el mejor tocando lach campanach”. Sinceramente, todo preparado como para que a uno le comiencen a sangrar los ojos. En fin.
Última degustación (mareado al extremo, escucho a Stevie Wonder). I Just Call to Say I Love You suena un par de veces en el film. Primero en boca de uno de los personajes, luego mediante el sonido de unas campanas que otro de ellos toca: hay que ver cómo se destruye esta especie de símbolo e himno de enamoramiento por excelencia que se hizo escuchar con euforia durante la segunda mitad de los 80´ (Una chica al rojo vivo, por supuesto, no puede ser comparada jamás con esta película, ya que allí, al menos, había algo que mirar para abismarse: a la bella Kelly Le Brock). Es que si la utilización del tema de Wonder para caer en un lugar común (tan común y tan ligeramente empleado que asquea) es un ejemplo de lo terrible que puede ser un film dirigido a un público amplio que necesita reconocer con suma facilidad todo aquello que se expone en la película (supongo que de allí deriva su éxito en la taquilla), también es tremenda la satirización alivianada y para nada arriesgada que se hace de los pobladores de Nord-Pas-de-Calais: si bien en un momento del film Boon parece haber esbozado una versión vikinga de los empleados de la empresa de correo (vean el instante de la cena con la recién llegada esposa de Philippe, la anodina Julie), luego todo termina por ser una farsa que clausura su mentira en un acto de aprobación tan simple como complaciente. El desenlace de la historia, ése que nos muestra cómo la familia de Philippe de ninguna manera se queda a vivir en una región “atrasada”, cierra la película de manera correcta: el hombre de familia se retira hacia nuevas tierras habiendo forjado lazos de amistad temporales (es que la idea de progreso muchas veces así lo requiere). Los supuestos retrógrados, mientras tanto, lo despiden emocionados. Todos culminan felices en ese mundo imaginado donde no pasa absolutamente nada. Seré sincero: mejor seguir tomando para olvidar.

Anibal escribió
De entrada, una película de humor regionalista en un mundo en el que las culturas tienden a uniformarse me cae simpática (aunque yo me quede un poco afuera). Creo que por ahí pasa el secreto del exito descomunal que tuvo en toda Francia, aunque es justamente lo mismo que atenta contra su visión en otros paises. Las situaciones más absurdas y divertidas están relacionadas con las particulares costumbres y la forma de hablar de “los Ch’tis”, unos seres toscos (que eschuchan Ch’timi Wonder) a los que el director retrata con ternura (en el extremo opuesto de Borat, por ejemplo).
Saludos,
Anibal
Ezequiel Villarino escribió
Sí, te entiendo. Y eso que vos tenés conocimientos del francés, Aníbal. Imaginate lo “afuera” que pueden quedarse aquellos que desconocen el idioma por completo.
Leí, en El Amante, que en España el film también fue un éxito. Pero supongo que por esas tierras la deben haber doblado al español. Y es interesante cuando hacés mención a que las culturas tienden a “uniformarse”. Desde ese posicionamiento no sería ilógico abordar el film desde las teorías del multiculturalismo (aunque ese trabajo me parece innecesario teniendo en cuenta el nivel de la película).
Saludos!
EV