Vil romance
Publicado por Cinemarama en Octubre 19, 2009
Año: 2008
Origen: Argentina
Dirección: José Celestino Campusano
Guión: José Celestino Campusano
Intérpretes: Nehuén Zapata, Oscar Génova, Marisa Pájaro, Javier De La Vega
Fotografía: Leonardo Padín
Edición: Leonardo Padín
Música: Juan Manuel Colombo
Duración: 105 minutos
por David Obarrio
Dios bendiga ese corazoncito retorcido tuyo.
Tom Waits, Hold On
Como si quisiera decirlo todo de entrada con un solo gesto, advertir al espectador de manera definitiva acerca de la naturaleza profunda de la película que anuncia, la palabra “vil” se estampa roja y desprolija, orgullosamente a destiempo, sobre la palabra “romance” en el afiche de Vil romance. Es un agregado, esa primera palabra; un forzamiento, una verdadera intrusión que anticipa en parte el sistema de cruces que la película propone y que constituye uno de sus mayores y menos esperables regocijos. Pero no se trata solo de eso. Al tiempo que reclama de manera indeclinable para el cine la inclusión de aquello considerado bajo, degradado, inmoral, poco confiable (consultar un diccionario de sinónimos para seguir la enumeración), el director José Celestino Campusano parece además establecer un procedimiento de escritura en el que la cotidianeidad más crasa se carga imprevisiblemente de una particular densidad poética, una corriente subterránea con la que su película adquiere la consistencia de un humilde manifiesto estético. Siempre brutal y cochambrosa como ella sola, Vil romance despliega sus imágenes dentro de lo estrictamente cinematográfico apelando a una idea de lo real que decide quedarse a la vera, dedicada a operar más bien como reflejo y efecto de sentido que como fin último. De modo notable en el habla de los personajes, mientras tanto, se cuelan con sigilo y fluidez el texto y la belleza, y es especialmente allí en donde la película de Campusano parece iluminarse, acaso animada por la secreta convicción de que lo típico produce folklore (o en su defecto, sociología) y en cambio lo extraño, cine. Sus protagonistas, que recorren un Conurbano Bonaerense lumpenizado y sin mayores perspectivas, parecen en verdad habitar una cartografía paralela en la que la realidad se ve investida de un grado de nobleza superlativo apelando, sobre todo, a la gracia insobornable de la lengua.
Pero hay mucho más. Campusano hace algo muy curioso y que implica una audacia notable: como si el realismo extremo de muchas de las situaciones le pareciera un horizonte dudoso y no lo suficientemente digno para su película, dispone que Vil romance esté decididamente atravesada por la aventura, la comedia y hasta el melodrama, incluso en su expresiones más desmelenadas y retorcidas. La pareja gay que protagoniza el film, a veces violenta, desavenida, parece todo el tiempo empeñada en horadar el muro trillado de la realidad mediante diálogos llenos de felices y a veces disparatadas réplicas, todas formas del drama y del humor con las que la película resplandece una y otra vez, conforme se aleja hasta ponerse a resguardo de los lugares comunes y del sensacionalismo inherente a los tópicos con los que un tema semejante suele decorarse en los medios de comunicación masiva. En una escena central, una venta de armas surcada por una cuota razonable de tensión se desarrolla con los personajes esquivando el humo de una parrillita en el suelo en la que crepitan felizmente unas achuras. Concluida la transacción, el comprador dice, refiriéndose al carácter levantisco del novio adolescente del veterano vendedor: “esto así no va. La juventud está perdida”. Está visto que Campusano hace un cine al margen de toda previsibilidad y corrección, cuya rara contundencia se asienta en la decisión moral de que sus criaturas sean seres únicos e irrepetibles y no, justamente, marginales surgidos de un manual, perfectamente inventariados y domesticados para la ocasión.
Los personajes de Vil romance resultan al fin verdaderos precisamente porque son capaces de tener salidas inesperadas, porque hablan un idioma en el que una sintaxis reconocible puede convivir con el uso indiscriminado de modismos arcaicos o inusuales. Porque sus conductas pueden escapar de lo que prescribe el sentido común o el prejuicio para adquirir, en cambio, una cohesión y una solidez que se encuentran definitivamente más cerca de los géneros cinematográficos que de los noticieros. La extraordinaria escena de sexo grupal que tiene lugar a los pocos segundos del inicio del film exhibe una vitalidad descarnada, a la que no es ajeno el hecho de lo bien que parecen estar pasándolo sus participantes, y sirve para instalar violentamente al espectador frente a la materialidad casi inabordable de la que se nutre Vil romance: la película siempre imprevista y entrañablemente desmañada de Campusano insiste en señalar y enriquecer un mundo al que solo la mala fe o la torpeza pueden dejar fuera del cine y en manos de la televisión.

Esta entrada fue publicada el Octubre 19, 2009 a 1:47 am y está archivada en David Obarrio. Etiquetado: Argentina, Cine - Estrenos. Puedes seguir los comentarios a esta entrada a través de RSS 2.0 feed. Puedes deja un comentario, o trackback desde tu propio sitio.
Marto escribió
Por primera vez mi barrio está en el cine. Puede parecer insignificante para un porteño pero para un conurbano es todo un acontecimiento. Acá están todos revolucionados, el carnicero le dio a mi vieja una postal de la peli y en el centro de jubilados de mi tía algunos planeaban ir a verla. Mañana voy yo.
Por otro lado, David cada día escribe mejor, en este post hay pasajes memorables.
Un abrazo.
david escribió
Está buenísmo eso, que uno se encuentre en el cine con lugares que le son propios. No pasa tan seguido. Sobre todo, cuando se trata de paisajes que no suelen tener representación alguna.
Respecto de la última frase, es un honor viniendo de usted.
Abrazo.
Marina escribió
Sí David, qué buen texto; es finísima la lectura que hacés de esta película finísima.
david escribió
Marina, muchas gracias. Pienso que en la película de Campusano la sofisticación se ve revestida con la brutalidad del estilo, con la urgencia de un cine que está todavía por hacerse, que permanentemente simula olvidar la historia del cine. Como dijo una vez Glauber Rocha: “El cineasta es el hombre que se ha liberado de la cultura del cine”.
Saludos.