Lluvia de hamburguesas (Cloudy with a Chance of Meatballs)
Publicado por Cinemarama en Octubre 14, 2009
Año: 2009
Origen: Estados Unidos
Dirección: Phil Lord y Chris Miller
Guión: Phil Lord y Chris Miller
Voces: Bill Hader, Anna Faris, James Caan, Mr. T, Bruce Campbell
Edición: Steven Liu
Música: Mark Mothersbaugh
Duración: 90 minutos
por Ezequiel Boetti
Siempre le faltan cinco para el peso al pobre Flint. De pequeño inventó un calzado que “resolvía el problema de las agujetas”, según ese mal endémico a las películas dobladas que son mejicanismos, pero olvidó un pequeño detalle: cómo sacárselas. Sus compañeritos se mofaron de él. Ya de púber procuró crear una nueva mascota, una especie de pajarraco mezcla entre rata y paloma que, más allá de lo visualmente horripilante de este bicho, volaba tosco entre las cabezas hasta estrolarse contra alguna. Sus vecinos se mofaron de él. Así, entre el emprendimiento inventivo y la burla, transcurre la vida de este lungo inventor, un amante de las ciencias, dúctil en el manejo de tecnicismos y ducho cuando de infinitas teorías físicas, químicas y demás ciencias fácticas se trata. Flint es reticente al inexorable destino laboral de quienes nacen en una pequeña isla ubicada justo debajo de la “A de Atlántico”. La industria sardinera no es más que un recuerdo del que sólo quedan evidencias físicas: allí está la fábrica rumbo hacia la inexorable extinción, el negocio del papá de Flint, hombre tosco y de pocas palabras que aún sueña con la revitalización de su empresa, y Baby Brent, un desagradable gordinflón con ínfulas de divo que varias décadas atrás estampó su por entonces diminuto cuerpo sobre la hojalata de millones de envases sardineros. Así planteado, Lluvia de hamburguesas suena a crítica al capitalismo o a la concentración de capital, tanto humano como monetario, que durante décadas ejecutaron las potencias económicas mundiales. Nada más alejado: la ruinosa procesadora de sardinas, al igual que el solitario negocio del progenitor de Flint, tienen una función más argumental que política y no son sino elementos narrativos que disparan los conflictos donde sí hace eje la película. Es también innegable el contexto nostálgico y desolador que envuelve a esta primer incursión del estudio Sony con la tecnología estereofónica.
Flint trae lo que aparentemente es una nueva locura: un artefacto capaz de crear las más sabrosas comidas a partir de un simple vaso de agua. Por esas cosas que sólo pasan en las películas, sobre todo cuando de animación se trata, la máquina vuela por los aires para quedar flotando entre satélites y cuerpos celestes. De allí que, cúmulus nimbus mediante, se produzca el fenómeno ¿meteoro-gastronómico? que refiere el inexacto título local (más efectivo pero menos comercial resulta el “Nublado con probabilidad de albóndigas” original). Mientras tanto, los otroras descreídos vecinos disfrutan de los manjares ligeramente caídos del cielo: hamburguesas, pollo frito, helado y un largo y calórico etcétera. A partir de ese momento es cuando la película levanta vuelo, cuando la compostura ciudadana deja paso a la glotonería y la gula llevada al extremo en el caso del alcalde, que ve en este fenómeno la posibilidad de que la isla recupere el encanto perdido. Con las barajas ya sobre la mesa, los debutantes Phil Lord y Chris Miller construyen una historia que funciona de precuela de Wall-e: mientras que en la magnífica película de Pixar el pequeño robotito pululaba solitario por los fósiles de una civilización pecaminosa y siempre dispuesta a los excesos y a la abundancia, aquí tenemos la génesis de esa destrucción. El alcalde podría ser tranquilamente el comandante de la nave espacial que, dentro de cincuenta años años, flote por el espacio repleto de pasajeros sin más preocupaciones que un plato recargado de comida. Fijémonos en el devenir de este personaje: de la imagen burócrata y alineada de los primeros fotogramas a un ser ovoide cuyos colgajos impiden los movimientos autónomos y lo condenan a una silla de ruedas, artefacto indispensable para los pseudoinertes habitantes humanos de Wall-e.
La película avanza veloz y segura, como Flint en su laboratorio. Entre pizarrones, cables y tubos de ensayo, el desenlace de Lluvia de hamburguesas muestra en la misma secuencia sus máximas virtudes y el peor defecto. Aquí está la imaginación de dos tipos creativos al servicio de la inventiva de un marco acorde para la historia: es la adaptación de la idiosincrasia mundana a un mundo hoy ficticio e irreal, pero sin dudas posible. La gracia que provoca la balsa de pan lactal tostado, los huracanes de fideos, los meteoritos de albóndigas y hasta los pollos asesinos, ¡con piel dorada y crocante incluida!, se matiza con intrigante falta de certezas acerca de la viabilidad de lo que se muestra. Bajo esa gran comicidad subyace quizás una manifestación sobre qué ocurrirá si permanecemos indiferentes ante la capacidad cada día más grande que tiene el ser humano de modificar un aspecto hasta unos años más relacionado con el esoterismo que lo fáctico: el clima. De esta forma, Lluvia de hamburguesas acapara a la ciencia ficción en tanto género que manifiesta una opinión respecto al estado actual de las ciencias.
Ante semejante poderío imaginativo desentona aún más la irrupción de Baby Brent, un auténtico boludo durante hora y cuarto, como héroe accidental que termina (¡ay!) redimiéndose sobre el final. Un defecto que es tal no por que no funcione ( por el contrario, lo hace y bien) sino por su falta de originalidad, contrastada aún más después de semejante muestra de anarquismo cinematográfico.

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