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Street Fighter, la leyenda (Street Fighter, the Legend of Chun-li)

Publicado por Cinemarama en Octubre 10, 2009

Street Fighter, la leyenda - Street Fighter, the Legend of Chun-li - CinemaramaAño: 2009
Origen: Canadá, India, Estados Unidos, Japón
Dirección: Andrzej Bartkowiak
Guión: Justin Marks
Intérpretes: Kristin Kreuk, Chris Klein, Neal McDonough, Robin Shou, Michael Clarke Duncan
Fotografía: Geoff Boyle
Edición: Paulo Derek Brechin, Niven Howie
Música: Marce Stephen Endelman
Duración: 96 minutos

por Diego Maté

Todavía me acuerdo del disgusto que me llevé cuando vi por primera vez la película de Street Fighter, allá a mediados de los 90. Me molestaban la enorme cantidad de incongruencias que el guión mostraba respecto de la historia original, y es que algunas hasta rayaban sin más en la estupidez más rampante (personajes malvados que de repente luchaban del lado de los buenos, o algunos tenían profesiones irrisorias -Edmond Honda, el campeón de sumo, en la película resultaba ser periodista, y Balrog, el boxeador asesino, ¡camarógrafo!). Pero lo que más me indignaba era el tono de burla y parodia que yo, ignorante absoluto de las posibilidades del cine, atribuía más a una falta de capacidad de los realizadores que a una decisión consciente de los mismos. En resumen, yo veía un fiasco total, que solamente por momentos se salvaba gracias a las apariciones de Guile y Zangief, los únicos personajes que se ceñían al carácter y diseño originales. Por suerte, el tiempo me iba a enseñar que estaba muy equivocado, porque en algunas visiones posteriores (la última fue hace cosa de un año) Street Fighter se me iba a revelar como una película de una vitalidad increíble, desbordante, que detrás de su fachada paródica escondía ambiciones altamente cinematográficas. A diferencia del videojuego, la película convergía toda hacia el villano, el general y cabeza de Shadaloo, Mike Bison, interpretado por Raúl Julia en lo que sería su último papel (junto al de Heath Ledger y el Joker, este podría ser otro caso de personaje que supera y aplasta al actor). Nada de muchos personajes fuertes con aspiraciones individuales: en Street Fighter, la película, se trataba de una aglutinante lucha contra el mal, encabezada por Guile y sus soldados contra el malo sudaca de Bison. El resto era ruido, y mucho: un festival de colores, chistes fáciles, frases imposibles, paisajes exóticos y efectos especiales (todavía) artesanales, todo realizado con un tono que remitía declaradamente a los 80, la última década del cine de aventuras y los videojuegos en 2D, cuando todavía se podía creer plenamente en el artificio de uno y otro.

Si aquella Street Fighter se tomaba una enorme cantidad de licencias y libertades (aunque siempre en pos de un objetivo cinematográfico), la última Street Fighter, la leyenda, también marca un quiebre importante respecto de la historia original, pero a diferencia del film de Steven de Souza, el de Andrzej Bartkowiak lo hace sin un rumbo definido. Y la diferencia principal es, obvio, que lo hace sin la conciencia y el trabajo alrededor de los temas de la primera. Digo “obvio” porque las dos son hijas de su época: la primera (aunque un poco a destiempo) se hace eco de una visión del mundo que es muy común en el cine industrial estadounidense de la década del 80, donde conviven curiosa pero armoniosamente la parodia con la defensa de valores y la creencia en el cine como arte de masas (en este sentido, Indiana Jones quizás sea la película ochentosa por excelencia). La segunda, en cambio, bien a tono con su tiempo, nunca termina de jugarse por lo que cuenta: basta ver la gratuidad con la que se suceden los hechos y los personajes, que hace imposible tratar de identificarse o si quiera interesarse mucho por la historia. Hasta podría pensarse que el director Bartkowiak opera de manera cínica, como si se estuviera burlando de los personajes desde lejos, incapacitado para creer en ellos y en lo que les pasa (basta con verlo a Chris Klein en lo que puede ser una de las interpretaciones más sobreactuadas y menos creíbles de la historia del cine). La diferencia capital con la primera es que allí la película se comprometía con su universo, y por eso podía hablarse, aunque en clave paródica y autoconsciente, de la salvación del mundo y la derrota del mal. Mientras que la segunda construye un discurso alrededor de las corporaciones, los negocios y la tecnología que no deja lugar a una visión esperanzada, pero nunca termina de desplegar una mirada crítica sobre el tema; también en esto, en su esbozo liviano del mundo y en su carencia de una línea política fuerte, la película de Bartkowiak parece atravesada por su época, como si el relato estuviera signado por una tímida denuncia bienpensante, de corte casi periodístico.

La leyenda es pobrísima en ideas de cualquier tipo: la puesta en escena es automática, las coreografías están hechas a puro montaje, el guión es inescuchable (debe ser ilegible) e intragable (ver al personaje supuestamente muerto que aparece caminando, de la nada, para auxiliar a la protagonista), y los efectos “especiales” (es un decir) son muy precarios a pesar del uso de CGI. Personalmente rescato un par de cosas, aunque advierto que se trata pura y exclusivamente de gustos personales y no de méritos de la película: por momentos la propuesta del exotismo tailandés, el mundillo de las artes marciales y la presencia de un villano descollante (nada que ver con el del videojuego, pero igual bastante sólido) para mí salvan a la película de convertirse en el fracaso más sonado de la historia de adaptaciones fílmicas de videojuegos (y eso que en ese rubro –que no género- fracasos no faltan). Exigirle a Bartkowiak que haga una película como la hecha por de Souza sería pedirle que se traicione, porque la primera Street Fighter planteaba un discurso estético y político sobre una época cercana en el tiempo que ya, a mediados de los 90, había tocado su fin (por eso se trata de un film claramente desfasado, empeñado en hablar con el lenguaje y sobre los temas de otra era). Pero al director de La leyenda tampoco podemos consentirle la liviandad con la que se acerca a la historia, los personajes y los temas: su falta de compromiso es lo que hace de su película un objeto apenas olvidable, tan ramplón que en su mediocridad ni siquiera alcanza a hacerse merecedor de algún odio o bronca cinematográfica.

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