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El sueño del perro

Publicado por Cinemarama en Octubre 8, 2009

El sueño del perro - CinemaramaAño: 2007
Origen: Argentina
Dirección: Paulo Pécora
Guión: Paulo Pécora
Intérpretes: Guillermo Angelelli, Mónica Lairana, Aldo Niebur
Fotografía: Martín Frías
Edición: Paulo Pécora, Pedro Razzari
Música: Marcelo Esquiaga
Duración: 90 minutos

por David Obarrio

El director Paulo Pécora es un caso. Con un corpus notable de cortometrajes sobre sus espaldas (que incluye videoclips para Mi tortuga Montreaux y Romina y los urbanos), estrena recién ahora y en forma restringida su película El sueño del perro, del año 2007. Desmarcado de modo notorio de las últimas tendencias del cine argentino, su trabajo se muestra venturosamente empeñado en postular las peripecias de la subjetividad como la razón de ser última de las imágenes, el punto de esencial incandescencia hacia el cual convergen decididos los vectores de eso que llamamos cine. Lo suyo, para decirlo rápido, se sustenta en la preeminencia del ojo. Pero de un ojo que no puede (ni quiere, quizá) consigo, que se presenta turbado, perplejo, insobornablemente extrañado. El auténtico triunfo del El sueño del perro acaso consista en hacer del extravío una aventura y de la aventura nada menos que un abismo. Es que como asumido cómplice del cine moderno, Pécora se rehúsa con todas sus fuerzas a abalanzarse sobre el mundo para decorarlo apresuradamente con ideas preconcebidas y probadas, cuya superficie lustrosa parece que alcanzara algún brillo engañoso pero que no pueden evitar traslucir el signo de una falsa vitalidad, de un desfallecimiento de origen que se arropa indecorosamente con el protocolo del cine solo para simular una dudosa pertenencia a él. Por el contrario, no hay nada que podamos llamar “hogareño” en esta película inusual, extraordinaria en más de un sentido; nada que nos haga sentir cómodos, como en casa, aunque ésta no fuera más que la garantía (en realidad muy poco tranquilizadora, por suerte) de estar transitando con la mirada por una película del cine argentino más ostensiblemente moderno.

El sueño del perro, en cambio, lo dice con todas las letras: el cine es el misterio, es el sueño, es lo perturbador, es lo que huye. Como ese hombre que corre en los primeros segundos de la película, lo mismo que la mujer al principio de su cortometraje llamado 8. Desesperadamente corren los dos. En ambos casos, un escenario agreste sirve de marco para esas figuras fugaces, trozos de materia palpitante que se dirigen quién sabe a dónde y que se internan en el fondo del paisaje. Porque es como si para Pécora el cine no fuera tanto el registro más o menos pudoroso y honesto de una serie de fragmentos del mundo que no se dejan atrapar (es decir, no fuera solamente eso), sino que el mismo cine es también inasible: es un misterio que tiene tanto derecho a reclamarse como tal como el de su propio objeto. La extraña belleza y la sofisticación casi insultante de su película descansan en parte en esa sigilosa y reveladora afinidad.

El ojo de un hombre (magnífico Guillermo Angelelli: no se ven caras así en el cine argentino), una máquina de escribir, luego ese hombre que despierta. El mismo hombre en la ciudad; después en un paisaje salvaje. Siempre el texto: una hoja de papel que el protagonista escribe y que en un momento indeterminado de tiempo es leída por un niño. Más tarde, una subjetiva de un perro y un fragmento de música que el hombre extrae de un tocadiscos estropeado haciendo girar el disco con la mano y que el niño escucha. Igual que en Godard, las películas de Paulo Pécora tienen de todo, quieren tenerlo y asirlo todo, cada cosa de la cultura o de la naturaleza es digna de ser incorporada al plano, de hacerse ver o hacerse oír. Sus personajes solitarios parecen sujetos al mundo por medio de sus manifestaciones más raras, menos habituales. En una escena del extraordinario corto Siemprenunca (film inmediatamente anterior a El sueño del perro) se puede leer un fragmento de Un día perfecto para el pez plátano, de J.D. Salinger, en una hoja sobreimpresa a la imagen, que se desliza en loop, siempre el mismo diálogo, como si esas palabras escritas interpelaran en un código secreto al protagonista y, a través de las imágenes, al espectador.

Como en los cuadros del pintor norteamericano Edward Hopper, que el protagonista de uno se sus cortos hojea distraídamente en un libro de reproducciones, en los que a fuerza de intentar obtener la máxima fidelidad al modelo por parte del artista lo retratado adquiere al final una consistencia de carácter casi hipnótico, como si asistiéramos a la insurrección del objeto delante de la mirada (“soy tan desmesuradamente igual a la escena original que me vuelvo extraña”, podría estar diciendo, en verdad gritando, cada una de sus pinturas), los planos enigmáticos de las películas de Pécora no dejan de señalar (rotundos y desengañados al mismo tiempo) la insuficiencia del cine como herramienta para dar cuenta de la totalidad del mundo. Pero lo importante, lo definitivamente conmovedor resulta ser ese juego en el que las imágenes de El sueño del perro y de varios de su cortos se suceden, concretas, trémulas, evocadoras, fantasmales, o simplemente inescrutables, animadas siempre por una recatada esperanza, un sentimiento que no ceja: a ver si alguna de ellas da en el blanco, a ver si llega a destino y algo del inconmensurable orden del mundo puede por fin ser capturado, aunque más no fuera como souvenir, como recordatorio de su inconsolable opacidad.

En su corto Qué, quiénes, cómo, cuándo, dónde, vemos a una pareja que charla en la mesa de un bar, quizás por última vez. La cámara hace al fin un breve movimiento hacia la izquierda y encuadra al grupo de rock Ángela Tullida, que empieza a tocar una hermosa y triste canción de despedidas, puertos y bajos fondos (esa cuerda de vocación arltiana tan característica). Maravillosamente, creemos estar viendo una actuación en vivo de la banda (la sincronización entre los músicos y el sonido es perfecta) hasta que de manera inopinada un notorio defasaje en los labios del cantante echa la ilusión por tierra. La poética estremecida del cine del director argentino podría estar cimentada en la rebelión de los planos, en la insumisión recurrente con la que parecen fluir a su aire, sospechosamente libres, pero también en su final incompletud, en la conciencia secreta de que el sentido se les escapa sin remedio; en la asunción cabal del desgarro producido por una mirada que no se controla, posada sobre objetos que no se controlan tampoco.

El sueño del perro - Cinemarama

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