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Cuestión de principios

Publicado por Cinemarama en Septiembre 29, 2009

Cuestión de principios - CinemaramaAño: 2009
Origen: Argentina
Dirección: Rodrigo Grande
Guión: Rodrigo Grande, Roberto Fontanarrosa
Intérpretes: Federico Luppi, Norma Aleandro, Pablo Echarri, María Carámbula
Fotografía: Pablo Schverdfinger
Edición: César Custodio, Miguel Pérez
Música: Ruy Folguera
Duración: 109 minutos

por David Obarrio

Qué pensar de una película en la que Federico Luppi hace de caballero crepuscular y Pablo Echarri de empresario exitoso. Pese a cualquier prevención que se pueda tener, hay que decir sin embargo que nada es demasiado grave en el film de Rodrigo Grande. Después de todo, Luppi se ha constituido con un personaje similar en el verdadero centro moral de las mejores películas de Adolfo Aristarain, cuyo último y radiante avatar hasta la fecha es el robespierreano profesor de Lugares comunes, querible y odioso al mismo tiempo. Echarri por su parte, bueno, es Echarri (todo no se puede), hay que tomarlo o dejarlo, su cara se repite en estos días en el papel de joven emprendedor con mucho nervio y pocos escrúpulos. Se lo ganó al puesto. Le queda, lo hace bien. En el cuento de Roberto Fontanarrosa que sirve de plataforma a la película lo describen a su personaje como yuppie, nombre que creo que ya está en desuso y que designaba despectivamente, en la lejana Argentina de los años noventa en la que transcurría la acción, a los miembros destacados de una generación ávida de dinero y que, sobre todo, rápidamente encontraban conchavo al abrigo de las aluvionales privatizaciones de entonces.

En cambio, en ese mismo cuento que se llama igual que la película, se dice del personaje de Luppi, al que define cierta jactancia aristocrática, un aire de respetabilidad emanado no solo de sus canas sino de una añosa y ejemplar, casi atlética permanencia en la empresa, que es “un pelotudo”. Varias veces, se lo dice. Y es que hay una diferencia crucial entre las dos obras y es el sujeto enunciador. En el cuento se trata de la voz en primera persona de un tipejo que gasta sus días en la misma oficina que el otro y que se dedica a despreciarlo a sus espaldas. Como quedó dicho, el protagonista de la historia parece venido de otro mundo, uno pretérito, hasta aterrizar allí, en Rosario, como llegado de quién sabe qué pasado esplendoroso. Es el tipo que jamás suelta una palabrota, el que tiene siempre a flor de labios algún comentario atento hacia sus compañeras de trabajo, el que nunca ha sido pescado en el menor renuncio. Pero en el cuento, Fontanarrosa parece más interesado en describir a quien habla en primera persona, el tipo que odia al protagonista, el que se siente parte de un barro destinado a envilecer sin remedio, aquel al que no le toca otra cosa en la vida que la ofensa solapada hacia el que se empeña en despegarse del resto con sus modales señoriales y su satisfecha incorruptibilidad.

Grande reduce a ese personaje odiante a una figura prácticamente decorativa que suelta apenas una que otra frase insultante al pasar, para concentrarse, por cierto bastante sumariamente, en el duelo entre Luppi y Echarri. Es decir, entre el hombre que es una presencia decana en la empresa y el nuevo gerente, progresivamente empeñado en doblegarlo. Como es natural, hay toda una zona de ambigüedad que queda perdida en esa maniobra. En la película vemos al personaje encarnado por Luppi como un hombre mucho más nítido, con poca relación, si se me permite el disparate, con el Gatsby rosarino que se desplegaba a lo largo del cuento que le da origen, esa figura ribeteada de grises de la que el relator daba cuenta presidida por la continua e intrigante oscilación de sus propios sentimientos, repartidos entre el repudio y la franca admiración. Si el cuento terminaba con un último gesto de dignidad al que todo el transcurso del relato no podía dejar de teñir de una secreta vaguedad (que no impugnaba del todo el gesto pero era capaz de embargar la risa final de un potente desasosiego), la película se inclina por una oda familiar más bien incongruente, erigida casi a despecho de buena parte de su metraje, en la que la fallida vida afectiva del personaje de Echarri se ve contrastada toscamente con la de Luppi. Cuestión de principios, la película de Grande, moldeada enteramente para el lucimiento de su elenco de famosos, resulta en su calculada corrección, en su ligero transcurrir sin sobresaltos ni tropiezos demasiado evidentes, una fábula inofensiva en la que el cine se confunde con una idea de casting y con la elección de base de una historia escrita por un autor célebre.

Cuestión de principios - Cinemarama

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