Los 100 días que no conmovieron al mundo
Publicado por Cinemarama en Junio 4, 2009
Año: 2009
Origen: Argentina
Dirección: Vanessa Ragone
Guión: Vanesa Ragone, Susana Reinoso
Fotografía: Francisco Cauterucci
Edición: Guillermo Imsteyf, Vanessa Ragone
Duración: 57 minutos
por Ezequiel Boetti
Antes de explayarme en los aspectos cinematográficos de Los 100 días que no conmovieron al mundo, un poco de historia. En abril de 1994, el avión donde viajaba el presidente ruandés Juvénal Habyarimana, quien permanecía en el poder desde 1973, fue derribado por un misil cuyo origen aun se desconoce. Tras el atentado, las tensiones étnicas en este país trepidaron hasta niveles de tensión insalvables y, a mediados de aquel año, la mayoría Hutu comenzó una brutal persecución y matanza contra los hutus moderados y la minoría tutsi. Se cree que durante el periodo que referencia el titulo de la película murieron entre ochocientos mil y un millón de personas, quedando reducida la población de esta pequeña nación del noreste africano, que rondaba los nueve millones de habitantes hacinados en una superficie similar a la provincia de Tucumán, en un quince por ciento. El documental de Vanessa Ragone sigue a la jueza argentina Inés Weimberg de Roca, quien se desempeña en el proceso jurídico contra los perpetradores de la masacre que desde 2007 lleva a cabo el Tribunal Criminal Internacional por Ruanda, la entidad multicultural creada por la ONU a la que ella se sumó en el 2003.
Ahora sí, cine. La complejidad para explicar la amplia gama de factores que inciden en la génesis de un genocidio se refleja al comienzo del relato, cuando éste se empantana frente a la multiplicidad de líneas narrativas que podría adoptar. Así, la película hace un mínimo esbozo de aspectos (la realidad sociopolítica y económica de los países africanos o la relación con las naciones primermundistas, entre otros) que, al merecer un desarrollo más amplio y completo, resultan escasos e insuficientes para la comprensión de la situación en 1994. Sin embargo, cuando Ragone realinea el argumento al seguimiento del derrotero de la jueza y archiva las ambiciones doctrinarias, la película se oxigena y deja hablar a sus verdaderos protagonistas. El mayor mérito radica en que lo hace sin caer en el golpe bajo, manteniendo una distancia no física (por el contrario, la cámara sigue la acción bien de cerca) pero sí emocional respecto a quienes testimonian. Los 100 días que no conmovieron al mundo adquiere entonces la capacidad de impactar con los recuerdos de los supervivientes pero sin subrayar sus penurias ni caer en efectismos, y muestra los refugios, testigos mudos de violaciones, torturas y asesinatos, sin regodearse en la truculencia de las calaveras y el todavía ensangrentado suelo, elementos que la cámara muestra con el prudencial respeto que implican la ausencia de primeros planos innecesarios y redundantes.
“Hay momentos en los cuales uno puede llegar a olvidar”, confiesa entre sollozos un joven que perdió a toda su familia. El primer plano de sus ojos pardos y la mirada triste y desahuciada que estos le asestan a la cámara son suficientes para denotar la pesadumbre de los supervivientes, que a veces se sienten tan muertos como los que ya no están.
