Mamma Mía!, la película (Mamma Mía!)

Año: 2008
Origen: Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania
Dirección: Phyllida Lloyd
Guión: Catherine Johnson
Intérpretes: Meryl Streep, Amanda Seyfried, Julie Walters, Pierce Brosnan, Colin Firth, Stellan Skarsgård
Fotografía: Haris Zambarloukos
Música: Benny Anderson
Edición: Lesley Walker
Duración: 108 minutos

por Laura Gehl

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Me imagino la siguiente conversación:

Meryl: -Acabo de agarrar viaje para hacer la versión cinematográfica de Mamma Mía, me voy a Grecia nomás.

Hija de Meryl: ¿Te parece mamá? Estuve leyendo el guión y… qué se yo… ¿Te parece a esta altura de tu carrera?

Meryl: – ¡Pero ma’ vale nena!, voy a cantar temas de ABBA, estar con amigos, disfrazarme de hippie, y todo eso en alguna isla paradisíaca del Mediterráneo. Me voy a divertir como loca.

Hija de Meryl: -Pero mamá, ¡eso no alcanza para hacer una película!…

Y así me puedo imaginar conversaciones más o menos parecidas con casi todos los integrantes de esa filmación. Allá vamos; chica hija de madre soltera que regentea un hotelucho en una isla griega se casa e invita al casamiento a los tres posibles padres para que sea “entregada en el altar” (frase horrible como pocas que suena bastante a sacrificio). En teoría la idea no está nada mal, y más si tomamos en cuenta que estamos frente a una adaptación de la exitosa comedia musical de Broadway y que, como hilo conductor, se utilizan canciones de ABBA. Interesante, ¿no?, bueno, no; no resulta nada interesante. El problema principal de la película es su no-directora: Lloyd parece desconocer por completo cualquier dispositivo o lenguaje cinematográfico, solo basta con mirar cómo están filmadas las coreografías de las distintas canciones (y cuando digo “coreografías” estoy siendo en extremo generosa), por ejemplo la del muelle, en la playa, las de… bueno, ¡todas! (todavía no logro reponerme de la escena final dónde se destroza visualmente a Waterloo). Los actores van en piloto automático por obra y gracia del oficio y en más de una oportunidad (en unas cuantas, de hecho) es inevitable sentir vergüenza ajena; el momento en el que Donna, el personaje de Streep, se encuentra con las amigas en medio de un griterío histérico y ridículo, es, auditivamente hablando, bastante fastidioso.

La falta de rumbo atropella lo que quizás en otras manos hubiese sido una buena comedia musical, pero en las de Lloyd el resultado es una cosa amorfa y que no logra nunca dar con el tono justo. Al final, lo único que conseguimos rescatar es la sonrisa que nos pueden arrancar las canciones (¡cuanto mejor se hubiesen escuchado cantadas por ABBA!) y sus hermosos paisajes; o sea, ningún mérito propio de Mamma Mía! Vuelvo a pensar en el diálogo del principio, y me parece que la hija de Meryl Streep tenía razón: no alcanza con que los actores se diviertan y eso se note en la pantalla. No es suficiente; los espectadores no la pasamos ni bien, ni mal, ni nada, y ese es un pecado que no se le puede perdonar a Mamma Mía!: la tibieza y el sinsentido de una película que no llega a ser comedia ni tampoco drama, que como musical se queda a mitad de camino, y termina siendo, básicamente, nada.

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